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Charlie Manson, el amigo de los niños (Versión Extendida)






Charlie Manson, el amigo de los niños (Los Angeles de Charlie), por Manolo Hernando.

Charles Milles Manson lleva 44 años en prisión acusado de asesinar a la que fuera mujer de Roman Polanski, Sharon Tate, en 1969. Tildado de sanguinario asesino en serie por los medios, Charles ha ofrecido incontables entrevistas posteriormente editadas y manipuladas en busca de sensacionalismo, con el único objetivo de justificar el mito que los propios medios de comunicación crearon en torno a su figura.


El Mito creado por los Medios


La versión oficial encuentra en la infancia de Manson un pilar sólido contra él. De padre biológico desconocido y abandonado por su madre adolescente, comenzó pronto a delinquir para sobrevivir. Pasó por orfanatos, reformatorios católicos y entró y salió de las cárceles de todo el país continuamente hasta que en 1967, en pleno Verano del Amor, se asentó en el Spahn Movie Ranch, una de las muchas comunas de la contracultura que proliferaban en la California de la época.


A mediados de 1969, la apacible vida de sexo, drogas, música, trapicheos y tareas rutinarias en la comuna comienza a irse al traste.


El 25 de Julio de 1969, Bobby Beausoleil mata a puñaladas a Gary Hinman porque éste, supuestamente, no quería entregarle el dinero de una herencia.


El 9 de Agosto de 1969, Charles “Tex” Watson, Susan Atkins, Linda Kasabian y Patricia Krenwinkel se dirigen al 10050 de Cielo Drive, zona residencial de las celebridades de Hollywood en las afueras de Los Angeles. Allí asesinan a Sharon Tate, Jay Sebring, Wojciech Frykowski, Abigail Folger y a Steven Parent.


El 10 de Agosto de 1969, los cuatro asaltantes de la noche anterior más Leslie Van Houten y Steve Grogan se dirigen hasta el 3301 de Waverly Drive y asesinan a Leno y Rosemary LaBianca.


El 12 de Agosto de 1969, el LAPD informa a la prensa de una conexión entre ambos crímenes, pasando a ser conocidos como el caso Tate-LaBianca.


En Diciembre de 1969 todos los sospechosos están bajo arresto. La policía había asaltado el Spahn Movie Ranch y detenido a todos los apestosos greñudos, excepto a Tex Watson, que había huido a su Texas natal.



La acusación, a cargo de Vincent Bugliosi, se basó en un libro escrito por él mismo llamado Helter Skelter, donde, supuestamente, desvelaba con detalle los hechos del caso Tate-LaBianca.


Helter Skelter

Helter Skelter no es sólo una de las canciones pioneras de rock duro compuestas por The Beatles, sino también, el detonante de los crímenes de Manson y “La Familia”, según el fiscal Bugliosi. Supuestamente, Manson creó un grupo de esclavas sexuales y asesinos a través del lavado de cerebro. El método utilizado era el LSD, el sexo, el White Album de The Beatles y una mirada que los medios califican de hipnótica. Esta secta hippie, conocida como La Familia, sería la encargada de llevar a acabo los designios de su líder, que consistían en iniciar una guerra racial entre negros y blancos por medio de satánicos asesinatos rituales. Los asesinos dejaron escrito con sangre en las paredes y puertas, así como grabado en la carne de sus víctimas, palabras como “War”, “Rise”, “Death to Pigs” y “Healter [sic] Skelter”.



Otros medios difieren de las motivaciones, esgrimiendo que Manson se sentía furioso porque un productor musical, Terry Melcher, había rechazado producirle un disco. De modo que, a pesar de que sabía que Melcher no vivía en el 10050 de Cielo Drive desde hacía al menos un año, envió allí a sus asesinos para que “acabaran con Melcher” [¿].



Esta teoría absurda e inconsistente, fue el pilar fundamental por el que Manson fue condenado a muerte, no bajo el cargo de asesinato, sino de “conspiración”, es decir, de instigar a otras personas a matar por él.



La única organización conocida que experimentó con LSD para crear asesinos bajo hipnosis fue la CIA durante los años 50. A finales de aquella década, el método fue rechazado por no proporcionar resultados satisfactorios. Los individuos que “enloquecen” durante un viaje de ácido lo hacen sólo cuando se resisten a dar el Salto al Abismo (la muerte del ego). Psicodélico significa “mente manifiesta”, es decir, cuando los miedos inconscientes se manifiestan y parecen reales. Lo que perseguía la CIA experimentando con drogas en el proyecto MK-Ultra era algo completamente distinto.



Pero por lo visto, la única persona del mundo capaz de programar asesinos a través del ácido y la música fue Charles Manson, y no una agencia de presupuesto multimillonario como la CIA.



Igual que a Susan Atkins y a Linda Kasabian la fiscalía les ofreció inmunidad total a cambio de una acusación formal, ¿no podría haber hecho lo mismo la CIA con Manson, ya que, supuestamente, había conseguido de una vez por todas crear un ejército de autómatas gracias al LSD?



Todos los medios sensacionalistas hablan de extraños poderes hipnóticos en la mirada de Manson. ¿No pudo usar estos supuestos poderes para convencer al jurado y al juez de su inocencia? No, porque simplemente Manson no tenía poder alguno para hacer que nadie matara por él, ni lo descrito en Helter Skelter por Bugliosi tiene verosimilitud alguna. A finales de los años 60 podría resultar creíble, pero hoy no.



“Los telespectadores son una caterva de gilipollas”

Charles Manson




Además de ser líder de su propia secta (La Familia), Manson supuestamente pertenecía a la funambulesca Iglesia de Satán fundada por Anton LaVey en 1966, a la Iglesia del Juicio Final, a la Cienciología y a la Hermandad Aria. Desconocemos de dónde sacaba Manson tanto tiempo para asistir a las tenidas de las logias entre las idas y venidas de la cárcel por delitos menores, su estancia por diversas comunas de la contracultura de los 60, el sexo, sus pequeños conciertos de guitarra y su concienzudo trabajo de programación mental en pos de una guerra racial. Por lo visto, Manson tenía el don de la ubicuidad y podía estar en varios lugares al mismo tiempo.


Psicópata y perturbado



A menudo los medios de comunicación se refieren a Manson como asesino en serie, psicópata, demente o perturbado. Para resultar creíbles, los periodistas deberían saber y comprobar sobre qué están escribiendo. El Doctor Robert D. Hare, autoridad en materia de Psicopatía, deja claro en su libro Sin Conciencia que un psicópata no es un enfermo. Un psicópata miente para librarse de un posible castigo a corto plazo, sin importarle incurrir en inconsistencias. Manson, por el contrario, siempre ha mantenido su versión de los hechos, la misma desde hace 43 años: que él no mató a nadie, no mandó a nadie que matara por él y que no incumplió las leyes. ¿Qué necesidad tendría de seguir mintiendo después de cuatro décadas? De hecho, la sentencia le da la razón. Está acusado de “conspiración” por instigar a otros a matar por él, no por asesinato. 


“¿Sabías que para matar a esa gente se usó una pistola de Ronnie Reagan? Fíjate lo que te digo, hay muchas cosas que no puedes entender”

Charles Manson




Es más, Doris Tate, la madre de Sharon Tate, en entrevistas concedidas a Bill Nelson y al infame Geraldo Rivera afirma que “Manson no fue condenado por asesinar a mi hija ni al resto y sé que él no lo hizo. Fue inculpado por ello y los únicos que deberían haberlo sido eran Tex Watson y Susan Atkins”. Sólo con esta declaración de Doris, que estudió el caso de su hija durante años, deberíamos comenzar a plantearnos si todo lo que nos han contado sobre Manson y sus “seguidores” no ha sido más que una gran mentira, un cuento de miedo para aterrorizar a los niños. Para aterrorizarnos a todos.


Nikolas Schreck: atando cabos



El músico y escritor Nikolas Schreck así lo afirma recientemente en su último libro, The Manson File, una investigación a fondo sobre la cara oculta del caso Tate-LaBianca.

El autor afirma que el caso Tate-LaBianca está ligado al tráfico de estupefacientes y a actividades criminales que tenían lugar en el 10050 de Cielo Drive. Frykowski traficaba con drogas en la casa de los Polanski, cosa que a Sharon Tate le disgustaba y esperaba que Roman (de viaje en Londres trabajando en un guión) lo echara pronto de casa, según cuenta Doris Tate.

Manson sabía que Frykowski y Sebring habían vendido a Tex y Kasabian una partida defectuosa de MDA o tenamfetamina (conocida como la Píldora del Amor), y sabía que la pareja, en venganza, planeaba ir a la casa de los Polanski para robar un alijo de droga porque conocían dónde la guardaban.

Los medios de comunicación suelen omitir que todos los residentes del Spahn Movie Ranch habían asistido a fiestas (sexo en grupo, música y drogas) en el 10050 de Cielo Drive muchas veces, cuando Terry Melcher (a quien supuestamente buscaba Manson para vengarse por su negativa a producirle un disco) vivía allí hacía al menos un año. 

Estos hechos, más oscuros y políticamente incorrectos, coinciden de pleno con la versión de Bobby Beausoleil, quien nunca se consideró miembro de La Familia ni tenía especial interés en residir en el Spahn Movie Ranch. Dice Beausoleil que su intento de acercamiento a Los Ángeles del Infierno fue el motivo de matar a Hinman. Beausoleil hizo de intermediario en una compra de mescalina por parte de los moteros a Hinman, para ganarse el favor de éstos. Pero Hinman le vendió mil dosis de estricnina (veneno) en lugar de mescalina. Los Ángeles del Infierno, famosos por sus brutales reacciones, pidieron cuentas a Beausoleil, quien fue a pedir a Hinman que le devolviera el dinero. Ante la negativa de Hinman, Bobby le apuñaló hasta la muerte.



Como el propio Manson afirma, todo lo ocurrido en el caso Hinman y en el caso Tate-LaBianca fue un asunto de tráfico de estupefacientes de alto nivel y ajustes de cuentas. Un asunto de los bajos fondos en el que se había implicado gente que desconocía ese mundo, gente de Hollywood. Cuando Bill Murphy preguntó a Manson sobre Hinman, éste respondió que Hinman era un confidente del gobierno que juagaba a dos bandas y que en el submundo de la marginalidad uno debe estar dispuesto a todo si no cumple honestamente en los negocios. Lo que comúnmente se conoce como la Ley de la Calle.

Al respecto, Beausoleil se pronuncia en una entrevista concedida a la francesa Best Magazine:

Best Magazine: ¿Cómo era la relación entre Charles Manson y Sadie Atkins?

Bobby Beausoleil: Su relación era, por así decirlo, un poco distante. Sadie no se relacionaba mucho con la gente de Spahn Ranch, de modo que si Manson la hubiera enviado a hacer alguna cosa, ella se podría haber pasado dos o tres semanas fuera.

BM: ¿Pero no era la chica favorita de Charlie?

BB: Realmente, Sadie y Manson no se llevaban muy bien. Hubieron muchas peleas en el rancho directamente relacionadas con los engaños de ella para sacarle el dinero a la gente.

BM: ¿Con quién se peleó?

BB: Cuando Manson la enviaba fuera unas semanas, ella siempre volvía a él con un grupo de moteros encabronados dispuestos a cortarle la garganta. Un par de veces Manson tuvo que mediar entre ellos y algunos salieron mal parados de los juegos de Sadie.

BM: Entonces, ¿Sadie era conocida por ser problemática? 

BB: Sadie era conocida por ser muchas cosas. Era una persona muy poco fiable y ese, entre otros, es el motivo por el que Manson y ella nunca se llevaron bien. Él despreciaba a la gente como ella. A los mentirosos.




Según Schreck, Frykowski era un exiliado de la Polonia soviética que, inexplicablemente, pudo entrar en los Estados Unidos sin el visado correspondiente en plena Guerra Fría.

Una capa de oscurantismo que desviaba la investigación tendría que ver con que el FBI sospechaba de que podía tener conexiones con servicios de inteligencia, ya que él mismo conocía exiliados polacos que trabajaban para la CIA, algunos de los cuales murieron en circunstancias no aclaradas.



El FBI preparaba una redada para cazar a Sebring, Leno LaBianca y Joel Rostau, todos envueltos en operaciones de lavado de dinero a gran escala, cuyo rastro llevaba hasta los estudios de la Pramount.

A continuación se presenta la introducción de The Manson File, por primera vez en castellano:


El Equinoccio del Ex Convicto



Érase una vez, el 21 de Marzo de 1967 en Terminal Island Penitentiary, ubicada en la bella San Pedro (California), que ésta tuvo a bien liberar a un chulo de poca monta, artista en el robo de vehículos y autodenominado “ladrón de medio pelo” de sus tiernos escarceos e introducirlo en el mundo grande y malo.


Por lo que parece, el presidiario tenía muchas razones para esperar con optimismo su inminente puesta en libertad. Se había esforzado durante siete años para acumular el suficiente tiempo de buen comportamiento y que llegara este día. Sólo una cosa ensombrecía este momento de felicidad potencial: el prisionero no quería marcharse.


Su compañero de celda, Gene Auliciano, recordaría tiempo después que el inminente hombre libre estaba sumido en el pánico la mañana de su despedida. El preso le preguntó al oficial de la puerta si podría quedarse en el único hogar que había conocido en lugar de ser arrojado entre “esos maníacos de ahí fuera”. El guardia pensaba que estaba bromeando. Pero no lo estaba. Diecisiete de sus treinta y dos años en este planeta los había pasado entre rejas. Sus intentos de enmendarse habían fracasado catastróficamente. Llámese presagio. Llámese intuición. Algo le decía que esta vez en la calle tampoco iba a funcionar.


Los archivos de la cárcel confirman el poco entusiasmo del preso por la libertad tan ansiada por la mayoría de presidiarios: “Ha comentado que las instituciones se han convertido en su modo de vida y que se encuentra seguro en aquellas que no le permiten salir al exterior”.


Tres años después le diría a un periodista: “Yo no quería salir. Le dije al tío, le digo, ‘Yo no puedo adaptarme a la sociedad y me conformo con andar por el patio tocando mi guitarra, haciendo las cosas que se hacen en la cárcel’” (entrevista telefónica con Steve Alexander, Tuesday’s Child, Febrero 1970).


Por su propia cuenta, nuestro liberado de mala gana pasa sus primeras tres horas de libertad de pie frente a la pared del muelle de la isla de San Pedro.



Finalmente, aceptó que lo llevara hasta Los Ángeles un camionero que pasaba por allí. El camionero ofreció al reciente ex convicto un porro. Este gesto de bienvenida le demostró lo que venía oyendo en la cárcel sobre todos los cambios que se estaban dando en la calle. Era el primer día de Primavera. Pero el exótico aroma a pachuli del naciente evento mediático que pronto sería conocido como el Verano del Amor ya flotaba en el aire.


El encanto de la trena no le había dejado al autoestopista mucho más que su nombre: Una guitarra destartalada y algo así como unas ochenta canciones que había compuesto y ensayado como un loco en el patio. Un traje andrajoso de diez dólares. Un petate con trapos pasados de moda que no se había puesto desde que le echaron el guante por falsificar una firma en un cheque de 37,50 dólares que había robado de un buzón en 1959 (cuenta la leyenda que el sospechoso estaba siendo entrevistado por el Servicio Secreto sobre este incidente. En algún momento durante el interrogatorio el cheque desapareció. Se supuso que el sospechoso se había comido la prueba cuando los agentes se descuidaron). Ciento cincuenta horas de sermón Cienciólogo gratuito, cortesía de un entusiasta compañero de celda. Y la generosa suma de treinta dólares asignada por el Estado a todos los sujetos puestos en libertad condicional.


Sin embargo, a pesar de su recelo, las perspectivas de nuestro presidario recién liberado no eran del todo desalentadoras. Su oficial de la libertad condicional esperaba que buscara un empleo remunerado. Y, de hecho, tenía algunos contactos prometedores en la industria de la música.

La música, esperaba, acabaría con su estancia criminal en la calle y con los niveles penitenciarios que habían marcado el ritmo de su vida. Durante su juventud nómada había afilado su voz cantando las alabanzas al Señor en los coros de iglesias sureñas. Su madre, por lo general una indigente, que había estado en prisión por atracar una licorería, reconoció el talento de su hijo. Intentó conseguir unas cuantas clases profesionales de canto antes de abandonarlo en un internado en Terre Haute, Indiana, en 1943.


Allí, un monje católico le enseñó al niño desvalido a tocar la guitarra. Después, un amigo mexicano le ayudó a refinar su técnica. A principios de los sesenta, el legendario gánster de los años treinta Alvin “Creepy” Karpis tomó al chico como su protegido en una cárcel del Estado de Washington donde ambos estaban recluidos. El Viejo Creepy, proveniente de Alcatraz y alumno de la banda de Ma Barker no fue sólo un infame forajido. Había hecho un buen uso de sus décadas de cautiverio, convirtiéndose en un maestro de la guitarra acústica.


Karpis enseñó al modesto prisionero los trucos de la guitarra slide. Estas lecciones hicieron que el joven adquiriera un estilo único de percutir las cuerdas que pronto se ganó la admiración de muchos músicos profesionales. Creepy estaba lo suficientemente impresionado con las habilidades del joven cantante y compositor como para proporcionarle una serie de números de contacto de algunos garitos controlados por la mafia alrededor del país donde podría hacer uno o dos bolos. No cabe duda de que el deseo de Karpis por ayudar a su compañero era sincero. Pero cada favor concedido en la cárcel conlleva ciertos compromisos. Y el recientemente liberado había aprendido más que unos cuantos acordes armónicos del Viejo Creepy.


En los años treinta, cuando la cara de Karpis estaba presente en todas las oficinas de correos, buscado por el FBI como el último enemigo público número uno, tuvo el honor de ser detenido por el propio J. Edgar Hoover en persona. Después de su arresto, Karpis admitió de buena gana numerosos asesinatos que habían sido cometidos en realidad por sus colegas pistoleros de la banda de Ma Barker.


El joven preso tomó de corazón el ejemplo de honor de Karpis entre los ladrones, así como la influencia de su estilo musical. “Karpis”, como el protegido recuerda afectuosamente a su mentor, “no hablaría sobre los amigos que cometieron esos crímenes” (entrevista con Kevin Kennedy, 27 Febrero de 1985, KALX Berkeley). A menos que comprendamos lo mucho que el no ser un soplón dice del código de nuestro sujeto, nunca entenderemos uno de los principales enigmas sobre él.


Karpis escribió a uno de sus camaradas del crimen, Frankie Carbo, un mafioso de la Familia Genovese, en favor del joven aspirante a guitarrista. El prometedor pupilo de Karpis ya había conocido a Carbo en la chirona de McNeil Island antes de su traslado a California.


Frankie Carbo tenía el poder para hacer que las cosas pasaran, incluso entre rejas. Carbo le dijo a Karpis que podría arreglar un asunto para nuestro joven preso para que llevara un club nocturno de Baltimore llamado The Trocadero, una promesa que nunca se llevó a cabo. Carbo no sólo mantenía un imperio en empresas de juego, estafas en el póker y la escena sindical controlada de los clubs nocturnos. También era famoso en ciertos círculos por su habilidad para amañar torneos de boxeo. Se dice que Carbo amañó las peleas históricas entre Sonny Liston y Cassius Clay. Existe un rumor persistente de que realmente se ganó un puesto importante en la jerarquía del sindicato por ejecutar en 1947 a Benjamin “Bugsy” Siegel, el principal hombre de la mafia en Hollywood. Pocos han mencionado esta parte importante de su currículum frente a Carbo. A menos que quisieran sufrir su notable mal genio.


Menos conocidos son los negocios de narcotráfico de Carbo con el por entonces jugador del sindicato y adicto al juego llamado Leno LaBianca. Entre otras cosas, LaBianca era el director de una sospechosa empresa conocida como el Primer Banco de Hollywood. La policía de Los Ángeles no se fue por las ramas al describir la institución financiera del Señor LaBianca como “una tapadera para lavar dinero”.

Muy pronto, las perennes conexiones entre el mundo del espectáculo y del hampa dejaron sus mugrientas huellas por todo este caso. Que todos esos rastros reveladores hayan sido pasados por alto durante años desde la muy publicitada pero aún misteriosa caída de LaBianca, no ha sido casualidad.


Para empezar a entender el anterior nivel oculto que ha sido ensombrecido bajo cuentas más conocidas, un vistazo rápido a la teoría de los seis grados de separación puede resultar una esclarecedora digresión. Así como para otras conexiones de Carbo con los eventos que estarían por llegar en la vida de nuestro liberado condicional también desplegadas en la misma época.


Por ejemplo, fue gracias a la supresión de Bugsy Siegel por parte de Carbo de su puesto como capataz de la industria cinematográfica del sindicato de la Costa Este que un abogado de la mafia llamado Sidney Korshak se introdujo en el vacío de poder abierto con la muerte de Bugsy. Poco antes de la liberación de nuestro convicto de Terminal Island, fue el consigliere Korshak –un agente de bolsa tan potente que era conocido por amigos y enemigos como “el Mito”– quien movió los hilos para ver a Robert Evans, un joven actor con claras conexiones con la mafia a lo largo de su carrera, haciéndose cargo de Paramount Studios.


Este resplandeciente producto de la factoría de los sueños ha sido fundado frecuentemente con el precio de la sangre de la mafia. Evans, a su vez, ayudó a establecer la carrera de un talentoso director polaco exiliado llamado Roman Polanski. Robert Evans produjo el primer éxito en Hollywood de Polanski, La Semilla del Diablo. Polanski probablemente desconocía que los fondos para financiar su película, conjeturan algunos, procedían de fuentes conectadas directamente a las actividades que la Familia Genovese llevaba a cabo en Nueva York. Examinaremos cómo estas colosales empresas criminales chocaron y se entrelazaron con la considerablemente más modesta operación forajida de nuestro caso.


Pero por ahora, nuestro joven aspirante a músico también tenía otras oportunidades que perseguir en su carrera.


El veterano de la guerra de Corea Phil Kaufman, otro recluso con conexiones musicales, pensó que el estudiante de guitarra de Karpis tenía un cierto aire a Frankie Laine. Kaufman transmitió algunas indicaciones a sus amigos del coloso del entretenimiento de Los Ángeles, la MCA Universal –otro gigante que desde entonces se ha puesto de manifiesto haber operado durante décadas como tapadera para el dinero de la mafia. Kaufman le deseó lo mejor y le prometió seguir en contacto cuando saliera de prisión. Kaufman estaba encarcelado por pasar marihuana por la frontera de México. El tráfico de estupefacientes era un negocio del que el recientemente liberado recluso había aprendido que era un gran trabajo ahora que una nueva generación de jóvenes rebeldes se congregaban en California en busca de subidones químicos. Kaufman llevó a cabo algunas de sus extensas actividades criminales bajo el alias de Harold True, tomado del nombre de un amigo suyo. El Harold True auténtico dejó de vivir en Waverly Drive en L.A. –puerta con puerta del ya mencionado Leno LaBianca.


Antes incluso de que el preso saliera de Terminal Island Gate, las funestas hebras de una compleja telaraña ya se estaban tejiendo por sí solas como si de un patrón se tratara.


Desde Kaufman y otros de su negocio, nuestro hombre libre había oído que las cosas habían mutado considerablemente desde sus días como trovador poético, tamborilero de bongos que rebotaban entre los flecos al aire de las chaquetas de la bohemia beatnik en los por otra parte días de “Me gusta Ike” de los años Cincuenta [N. T.: Referencia a “I Like Ike”, movimiento de apoyo a Eisenhower].


Nacido fuera de la ley en 1934 como hijo bastardo de un fugitivo adolescente, fue el engendro de un clan arraigado en Kentucky que una vez describió, con cierto orgullo, como un grupo de “vagabundos, borrachos y forajidos”. Olvidó mencionar a los fanáticos religiosos que añadieron las pretensiones de virtud a sus vicios de ascendencia escocesa e irlandesa.


A pesar de sus esfuerzos, su desenfrenada y sexualmente aventurera madre, a quien después describiría como una hija de las flores treinta años antes de tiempo [N.T.: Referencia a los flower child, como eran conocidos los hijos de los hippies], no fue capaz de cuidar de él responsablemente. Como niño que pasaba mucho tiempo solo por la ausencia de su madre [N.T.: frase hecha latchkey kid, o niño llavín, que no tiene traducción en castellano], se crió entre un estricto temor a Dios inculcado por sus abuelos maternos y un tío que lo envió a la escuela con un vestido para curarle de su sensibilidad y gusto por la música para evitar tendencias “afeminadas”.


A pesar de ello, su pariente favorito era el Tío Jess. Éste tosco palurdo enseñó al chico a amar la tierra y a protegerla de la invasión urbanizadora. El Tío Jess había entrado en acción como paracaidista en la Segunda Guerra Mundial. A fin de mes, cuando volvió del frente, comenzó a destilar licor casero. Cuando los inspectores llegaron en su busca, se voló por los aires junto a su granja y su alambique de matarratas. Esta terrible demostración supuso un ejemplo de desafío inflexible contra las autoridades que nunca será olvidado por el joven sobrino que el Tío Jess dejó atrás. Éste fue también el primer contacto del chico con el mercado ilegal de alcohol, una profesión en la que sobresaldría después en unos ambientes más enrarecidos de los que el Tío Jess hubiera podido imaginar. Uno de los muchos amantes de la alcohólica madre del chico tenía aversión a los jóvenes problemáticos. Ella había puesto a su hijo bajo custodia del Estado. Y esa era la precaria educación que recibió hasta que abandonó tercero a los nueve años y fue recogido por tan prestigiosas academias de mano dura como la ya mencionada Gibault Home for Boys, la legendaria Boys Town del Padre Flanagan, Indianapolis Juvenile Home, The Indiana School for Boys, National Training School for Boys in Washington D.C., Natural Bridge Honor Camp, los reformatorios federales de Petersburg, Virginia, and Chillicothe, Ohio, y –justo antes de su segunda y final temporada en Terminal Island– McNeil Island. De complexión delgada y, según se dice, contrario al conflicto, sobrevivió en el amenazante mundo entre rejas donde el fuerte se come al débil aprendiendo camaleónicas habilidades de camuflaje.


Junto a su pasión por la música, las maravillas de la naturaleza y el reino animal que rara vez ha tenido oportunidad de ver, el reincidente siempre tuvo un lado espiritual.


Esta tendencia hacia lo trascendental fue en parte inspirada por su temprana introducción a la Biblia, pero sobre todo por sus propias experiencias místicas. Estos eventos internos le llevaron a cuestionar las verdades de la ortodoxia y, a su juicio, hipócrita interpretación de la Religión de los Viejos Tiempos con la que fue criado. La soledad de la celda le dejó tiempo para desarrollar un profundo interés en los trabajos de la mente. El confinamiento solitario se convirtió en su celda de monje, las privaciones de la cárcel en su disciplina ascética. Entró en “una cámara de pensamiento” que creía “no ser de esta tierra”. A estas alturas de su vida, mantuvo tales intereses arcanos para sí mismo. Este tipo de preocupaciones no encajarían muy bien en las charlas nocturnas con los otros presos.


En consecuencia, la mayoría de las lecciones que aprendió encerraban asuntos más prácticos, tales como las habilidades para estafar, proxenetismo, sodomía y robo. Durante su gira involuntaria por las prisiones de la nación, se codeó con la realeza de los bajos fondos, el jefe del sindicato Frank Costello. El joven preso miraba al jefe de los jefes de la misma forma que sus honrados compañeros de la calle idolatraban a las estrellas del béisbol. 


Fue a través de tales asociaciones, mucho antes de caer bajo la protección de Karpis y Carbo, que el código de honor criminal entre ladrones, la omertá (silencio), y la muerte de los soplones hizo mella en su alma. Aprendió de primera mano que los bajos fondos operan en un intrincado sistema de antiguos favores que se deben y favores que se pagan. La supervivencia depende de mantenerte fuera del camino de las ambiciones de tu socios. Una vez, en 1954, estaba barriendo el vestíbulo exterior de la panadería de una prisión. Fue testigo accidental de cómo un preso sospechoso de ser un chivato era cortado por la mitad. Sacaron de la cárcel el cuerpo desmembrado del soplón en cubos de basura. Ante las preguntas de los guardias sobre qué había visto, dijo: “¿Ver? Yo no he visto nada”.


Cultivando el noble arte de ver nada es como continúas vivo en los bajos fondos. Él llamaba a esto “caminar por la línea”, una expresión de la auténtica jerga carcelaria que el músico Johnny Cash inmortalizaría en la cultura popular.


Años después, nuestro presidiario andaría por esta misma peligrosa línea en la que mejor no abrir la boca. Incluso cuando su silencio sobre lo que sabía significaría que él mismo sería inculpado por uno de los crímenes mejor publicitados de todos los tiempos. Como explicó después, cuando acudió a declarar sobre los detalles de su implicación en uno de los asesinatos, se culpó de que: “Cuando Tex cogió su cuchillo y fue a por alguien alguien, anduve por la línea, y me aparté de su camino” [Entrevista en televisión con Ron Reagan, Jr., Octubre de 1991].


Es posible que el ex presidiario tuviera cierto instinto sobre los peligros que la libertad podría acarrearle. Pero no podría haber imaginado cómo su vida quedaría arruinada por verse envuelto, sólo un año después de ser puesto en libertad de Terminal Island, con un joven camello apodado “Tex”, el instigador principal de la catástrofe en la que ponto se vería inmerso.


Desde el día de su puesta en libertad en 1967, su vida de forajido apenas había sufrido cambios en comparación con el tema de los titulares sensacionalistas y notoriedad internacional en que se convertiría. En los pocos días de libertad que había disfrutado entre sentencias, habría estado con una mujer o dos, habría tenido al menos un hijo, muchos coches robados, algún atraco y una puñalada para recordar su época de proxeneta de Hollywood en los años 50. Para escapar de la bofia que una de sus putas le echó encima al quejarse ante la brigada anti-vicio, se fue a Texas y tuvo unas cuantas aventuras con drogas que expandieron su mente y cholos en Ciudad de México y Acapulco.


Bastante tiempo antes de que la sociedad norteamericana se dividiera entre aquellos que se adentraban en los misterios psicodélicos y los que no, él había visto los otros mundos a los que los hongos mágicos de los indios Yaquis le habían permitido acceder. El conocimiento de los estados alterados de conciencia le hizo estar bien preparado para la rápida metamorfosis del entorno a la que su reciente ganada libertad le había lanzado.


Después contaría a un entrevistador que fue durante su estancia como fugitivo en México cuando un curandero Yaqui lo llevó a lo alto de una pirámide azteca. Allí le dijo que era tarea del chamán salvar a la tierra de la muerte, del agua envenenada y la polución del aire de los estragos de la civilización.


Muchos años después, en los noventa, dijo a la junta de la libertad condicional que esto fue en la misma época en que permanecía en el Sur de la Frontera y acabó en una cárcel de Acapulco como sospechoso de asesinato. También insinuó que sobrevivió a la fuga trabajando para un poderoso cartel narco pasando cocaína cubana desde Miami. Este peligroso empleo, afirmó, requería que “llevase una Magnum” y “dejar algunos cuerpos en la playa”. Los casi inmaculados archivos policiales mexicanos de la época no nos dicen si las vagas confesiones de nuestro sujeto en torno a una espiral de violencia relacionada con el narcotráfico en 1960 en México son ciertas. Si lo son, como él ha insinuado con frecuencia, entonces estas desventuras mexicanas fueron los primeros pasos del largo camino que le llevó a los fatalmente acaecidos trapicheos de droga en L.A. ocho años después.


Esta carrera constante entre lo cósmico y lo criminal, este choque sin fin entre aspiraciones opuestas, marcó una vida paradójica con un pie en el inframundo de la experiencia mística y otro en el más mundano, pero no menos secreto, inframundo del crimen organizado. En la madurez de la vida, cuando le preguntaron dónde comenzó realmente su iniciación espiritual, respondió que su misterioso periplo mexicano repleto de hongos fue el momento crucial.


En el viaje de autoestopista que hizo desde la puerta de la cárcel hasta la expansión congestionada de L.A., advirtió que la niebla tóxica y el polvillo urbano era aún peor que la última vez que estuvo en la calle.


Si el vehículo que llevaba al camionero y a su pasajero liberado hubiera pasado por Hollywood Boulevard ese día, se habrían encontrado con una escena interesante. El 21 de Marzo de 1967 era también el día en el que la estrella de cine Steve McQueen llegaba a Grauman’s Chinese Theatre en su Ferrari rojo sangre. La estrella de las tan acertadamente llamadas multitudes que quieren agradar como El Rey del Juego y La Gran Evasión estaba ahí para inmortalizar sus pisadas en el cemento en el exterior de la esplendorosa y draconiana decoración pseudo-Oriental de Tinseltown. Entre los asistentes VIP aquel soleado día de Primavera estaba el amigo de confianza de McQueen, estilista personal y compañero de broncas, Jay Sebring.


Al igual que McQueen, Sebring era un aficionado a los coches rápidos y a las mujeres fáciles. Éste barbero de alto standing de las estrellas también parecía ser el proveedor principal de McQueen de la cocaína más pura que sus conexiones con la Familia Genovese de la costa Este podían proveer, un servicio discreto que el peluquero había provisto a otros muchos actores de la zona.


Sin duda, los donjuanes McQueen y Sebring tenían motivos para conseguir el número de Playboy de Marzo. Después de todo, ese número ofrecía las fotos de una cara y un cuerpo femeninos que les eran conocidos a ambos. En el típico estilo recatado Hefneriano de “belleza de película en ciernes” posando en un baño de burbujas como la víctima complaciente de un vampiro: “Este es el año de Sharon Tate”. La modelo de peluca escarlata desvelada en páginas interiores en un juego de palabras como “The Tate Gallery”, después un afamado museo de arte, había sido, hasta hacía poco, la prometida de Sebring, así como una de las incontables jóvenes conquistas de McQueen. El buen gusto de la sesión de fotos soft estuvo a cargo de Roman Polanski, a quien Playboy describía como “el brillante cineasta polaco y director” que recientemente había “dirigido a Tate en su recién acabada parodia de terror, El Baile de los Vampiros”.


El mismo 21 de Marzo de 1967, en el muy movido Londres –donde Tate y Polanski estaban sellando su romance en una fiesta perpetua empapada en ácido celebrada en la escena de Kings Road– John Lennon, Paul McCartney y George Harrison estaban preparando pistas vocales para una alegre canción llamada “Getting Better”. La canción iba a ser incluida en un disco en proceso llamado Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Durante esa sesión, Lennon dijo de pronto que se encontraba mal. El productor George Martin, la mente responsable de la más innovadora dirección que el grupo estaba tomando, llevó al mareado Beatle hasta la azotea de los estudios Abbey Road a que le diera el aire. Dejó allí a Lennon para que admirara las brillantes estrellas del cielo londinense.


Cuando Martin volvió al estudio sin Lennon, Harrison y McCartney se preocuparon –sabían que el humor cambiante del indispuesto mop-top [N.T.: mop-top es el corte de pelo característico de The Beatles] era en realidad un efecto secundario de una potente dosis de ácido que había tomado accidentalmente antes de la sesión. Subieron a toda prisa las escaleras y rescataron a Lennon antes de que pudiera saltar desde la azotea en mitad de su mal viaje. El que habría sido el suicidio psicodélico más sensacional de los Sesenta había sido evitado.


Pero ninguno de estos eventos durante el día de su puesta en libertad tenían aún relación directa con la nueva vida de nuestro ex presidiario. Y los encantos de Paul McCartney y Steve McQueen nunca podrían haber imaginado cómo sus propias vidas privilegiadas serían tocadas por esta persona rechazada desde las profundidades de la sociedad.


Hizo una pequeña parada en L.A. para buscar a algunos viejos colegas de juntas. Allí, el liberado entró en contacto con algunos conocidos durante sus días de proxeneta en el Hollywood Boulevard de los Cincuenta. Tras presentarse ante el oficial de la libertad condicional, puso rumbo hasta San Francisco donde los contactos de Karpis y Carbo le habían prometido alguna que otra audición en clubes nocturnos.


Lo que se encontró en las calles ácidas de Barbary Coast le maravilló.


Ferviente “anti-sistema” mucho antes de deambular por el caótico circo de esperma revolucionario del Haight-Ashbury, nada le había preparado para el nuevo mundo que se encontró durante el apogeo del hippismo. El inadaptado permanente encontró finalmente algo parecido a un hogar entre las reuniones tribales de futuros vagos, místicos, fugitivos, músicos, comunas y exploradores del mundo interior, orgullosos de llamarse a sí mismos “freaks”. Por una vez en su vida, no sentiría vergüenza por ser un forastero guitarrista sin hogar permanente y sin interés en luchar en el ajetreo cotidiano. ¿Marginado? Siempre lo había sido.


Al principio, sobrevivió mendigando junto al resto de los vagabundos agitanados de ropas coloristas que dieron lugar al primer ghetto de la contracultura. Un estafador callejero de quince años le enseñó a encontrar asilo entre los sillones destrozados del Haight.


Tenía la idea de la depredadora ley de la jungla carcelaria desde los años cuarenta, de modo que el espíritu radial de generosidad del floreciente movimiento juvenil le asombró. Le impresionaron especialmente los Diggers, una comuna de teatro callejero y activismo social anarquista fundada por un círculo de poetas y actores. Peter Coyote, uno de los jefes subversivos de los Diggers aparecería después en la extrañamente autobiográfica película de 1992 de Roman Polanski, Lunas de Hiel. Coyote se llamó a sí mismo como el dios canino embaucador y cambiaformas nativo americano que el ex presidiario reconoció como uno de sus “aliados espirituales”.


Los manifiestos y las acciones revolucionarias a lo Robin Hood de los Diggers estaban bañadas en un mordaz humor surrealista que encajó con el sentido del absurdo del liberado. Rechazando el Capitalismo y la pesada retórica de izquierdas del Marxismo tradicional, los Diggers proponían la creación de una nueva y más auténtica estructura social libre de los males de la propiedad privada, salarios esclavistas, mercantilismo y dinero. Su nombre provenía de un grupo de granjeros revolucionarios del siglo diecisiete que operaba en la Commonwealth inglesa predicando que el capital y la propiedad eran un invento del Diablo.


Quizá tuvo cierta relevancia en el desarrollo posterior de nuestro liberado que los Diggers, pioneros en la lucha ecológica contra la polución eran bien conocidos en el Haight por recolectar y distribuir comida gratis que había acabado en la basura por una derrochadora sociedad consumista. También se les conocía –profetizando las cosas que vendrían– como la Familia Libre. Ocasionalmente, los Diggers decoraban sus coloridos costados con el antiguo símbolo indio de la buena suerte, la esvástica. El significado de este símbolo místico ya había llamado la atención del liberado muchos años antes por parte de un indio americano preso.


El paso final en la iniciación de nuestro sujeto a los misterios tribales del Ashbury tuvieron lugar en la pista de baile de estroboscópicas y caleidoscópicas luces de la legendaria Avalon Ballroom de Bill Graham, un nombre que evocaba la fantástica isla del mito artúrico.


Un grupo que solía actuar bajo el nombre de Warlocks, pero ahora conocido por el pegadizo apodo de Grateful Dead, dominaba la escena. Se dejaron caer por una de las jam sessions de improvisación hipnótica que los convirtió en los trovadores favoritos del Haight. Bajo la retroalimentación y el clamor, los ecos de las baladas folk de Okie y Old Americana reverberaban al son del country tradicional aún reconocible bajo los ropajes teñidos del sonido eléctrico. La nueva dirección que estaba tomando la música fue una revelación para el ex presidiario, un niño de los años treinta cuyos gustos se movían entre los clásicos country de Hank Williams y Lefty Frizell y los susurros románticos de Bing Crosby y Perry Como.


Más revelador incluso fue el colorido papel secante que su iniciador adolescente le animó a tragar. Las setas mágicas de los indios Yaquis que probó en México siete años antes era una cosa. El LSD-25 (agente iluminador que había sido la chispa original que prendió la escena del Haight) le abrió completamente las puertas a otra dimensión.


Todo apunta a que los secantes que ingirió en el Avalon aquella aclamada noche procedían del legendario laboratorio de Augustus Owsley Stanley III, el alquimista de la corte de Grateful Dead y camello huésped. Owsley, como es conocido universalmente, era otro chico sureño que emigró al Oeste. Él ya había cultivado el mismo tipo de Sumo Sacerdocio y reputación de mago que el ex presidiario pronto adoptaría como una de las “mil caras” que después admitió tener.


Gracias a la reciente declaración del gobierno de Estados Unidos recurriendo susceptiblemente al pánico moral, ingerir un secante de ácido fue uno de los primeros crímenes del liberado desde su puesta en libertad unas semanas antes.


Cediendo ante el fomento anti psicodélico de los medios retrógrados, la Food and Drug Administration había declarado ilegal el LSD como “narcótico peligroso” el 6 de Octubre de 1966. [Más de un teólogo contracultural reconoció el número de la Bestia bíblico codificado en la fecha 9.6.66 de la carta de color rojo en la que se prohibía el LSD, interpretando la legislación como la llegada del Anticristo para evitar que la humanidad descubriera su propia divinidad].


Esto puso fin súbitamente a años de investigación científica sobre los efectos físicos beneficiosos y el potencial transformador del compuesto. De acuerdo con los desafiantes entusiastas de los enteógenos del Haight, un moribundo sistema legal había decretado, en su ceguera, la celebración de un Sacramento Sagrado como un crimen.


En los años ’20, durante una de las muchas epidemias puritanas que marcaron la historia de América, el gobierno de Estados Unidos tomó la desastrosa decisión de prohibir el alcohol en el País de la Libertad. Esto desató una oleada de crímenes por parte de la mafia, que controlaba la fabricación y distribución del alcohol. La nueva Prohibición, esta vez impulsada contra psicodélicos no adictivos, hizo caso omiso a la lección aprendida durante la última.


La poco considerada restricción antiácido de 1966 no sólo supuso la criminalización instantánea de miles de jóvenes buscando emociones y de buscadores espirituales sinceros experimentando con el nuevo grupo de sustancias que expandían la mente. Criminalizar el LSD y otros enteógenos también provocó la introducción brutal del crimen organizado como proveedor del producto al súbitamente ilegal y por tanto tremendamente lucrativo mercado. En 1967, los grafitis de las paredes del Haight advertían de que el SINDICATO DEL ÁCIDO APESTABA. Esta sentencia anónima es un justo epitafio para la serie de crímenes infames que finalmente llevaron a nuestro sujeto de vuelta a prisión.


Dejémoslo viajar durante un momento para mirar en la bola de cristal de su futuro próximo.


Sólo dos años después del concierto de Grateful Dead en el Avalon, el disparate del gobierno criminalizando el uso de los psicodélicos saltó a los titulares de primera plana de todo el mundo. Durante el verano de castigo en L.A. en 1969, los traficantes Jay Sebring y “Voytek” Frykowski morían innecesariamente, puesto que nunca habría ocurrido si las sustancias que vendían fuesen aún legales.


Mientras Roman Polanski y su mujer estaban en Europa, Frykowski, su invitado del infierno, convertía la mansión subarrendada de Benedict Canyon de la pareja en un continuo centro de actividad del tráfico de drogas. Sebring también usó la casa de Cielo Drive para llevar su propio comercio delictivo. Aproximadamente a las 8:30 de la noche del 8 de Agosto de 1969, un tipo de los bajos fondos de Nueva Jersey, Joel Rostau, entregaba una importante suma de mescalina y cocaína a Sebring y Frykowski. Vendedor de caramelos de la mafia a la élite de Hollywood, Rostau era el amante de la recepcionista del exclusivo salón de belleza de Sebring. Rostau andaba con una visible cojera cuando llegó a Cielo Drive para hacer su entrega; un camello local rival le había disparado en la pierna, al irrumpir en su apartamento de Hollywood cuatro meses antes en un fracasado intento de robar el considerable alijo del mafioso. El atraco se evitó cuando Rostau se defendió, habiendo sido sorprendido en la cama con su novia, la empleada de Sebring.


Se suponía que Rostau le había llevado LSD a Sebring aquella noche de Agosto. Pero su conexión de ácido –que vendía la mercancía en la tienda de ropa que regentaba como tapadera–, estaba fuera de la ciudad en un viaje en barco hasta el día siguiente. Malas noticias para Sebring: se esperaba que un joven camello de Texas fuera a recoger un gran alijo en Cielo Drive a medianoche. El texano, Charles Watson, que a veces pasaba el rato con algunos hippies en un rancho cercano a Cheatswoth, había llamado a Sebring por la mañana para acordar unos 20.000 dólares del sindicato del ácido, mescalina y coca que Rostau tenía que proveerle. El trato incluía una partida de una droga experimental, MDA, manejada por Frykowski. Y ahora Sebring sólo disponía de una parte de la mercancía que había prometido.


Watson, hasta el culo de speed, se dejó caer a la hora acordada. Como había planeado robar –más que comprar– la droga que había encargado a Sebring y Frykowski, llevaba encima una pistola y un cuchillo. Una hippie descalza llamada Sadie le acompañaba. Ella también iba puesta de metedrina. Dos de sus acompañantes, también armadas, esperaban fuera de la casa como apoyo en caso de que el trato fracasara.


El panorama de la droga en L.A. en el ’69 era un pequeño circuito incestuoso. Aunque Sebring y Frykowski lo desconocían, no fue otro sino Watson quien disparó a su socio Rostau durante el atraco fallido de unos meses antes. Es más, Watson no sólo había visitado la casa en numerosas ocasiones sino que se había alojado en la casa de invitados de la propiedad antes de que los Polanski se mudaran a ella. Watson había llevado a cabo una serie de torpes golpes y atracos a mano armada en el Hollywood de alto nivel de vendedores ambulantes de droga, resultando todos en desastre. Esperaba que su suerte para huir con el apetitoso mega alijo de Sebring y Frykowski esa noche fuera mejor.


Al principio, las cosas estaban alegres. Los detectives dedujeron de los vasos vacíos sobre la mesa que se los habían ofrecido a los visitantes durante la negociación en cuestión. Watson supo que el ácido que esperaba no estaba ahí. Los ánimos se calentaron. Las cosas se pusieron feas. Watson empuñó su pistola. Después de una brutal paliza, Sebring admitió que en una mansión cercana había almacenado un enorme alijo secreto. Watson siguió el plan B: llevaría a Sebring y a una rehén, Sharon Tate, la antigua prometida del barbero, hasta la casa de Sebring para que él mismo ayudara. Pero el alumno de artes marciales Sebring, cuyas manos estaban atadas a las de su ex prometida, intentó hacerse el héroe de camino a la salida. Hasta arriba de speed, Watson entró en pánico. Lo que comenzó sólo como una serie de tratos de droga normales, llegó a convertirse durante las siguientes cuatro horas en una escena caótica de matanza desesperada. 


Los sangrientos resultados, no así las exactas circunstancias, son bien conocidos.


La tragedia central de esta historia es que esos típicos asesinatos por ajustes de cuentas –cuyos verdaderos, mundanos y deslumbrantes motivos han sido sistemáticamente ocultados durante años– también arrebatan las vidas de numerosos transeúntes inocentes. Dos de ellas simplemente tuvieron la mala suerte de estar en el lugar equivocado cuando sus novios traficantes estaban en mitad de una transacción que acabó terriblemente mal.


Más de una extraña sincronicidad marca el caso.


Estos famosos asesinatos ocurrieron durante la madrugada del 9 de Agosto de 1969. El noveno día del octavo mes parecería esconder alguna conexión fatal con los psicodélicos. Ocho años antes, el 9 de Agosto de 1960, un psicólogo aburrido llamado Timothy Leary había ingerido su primera dosis de hongos psylocibe, iniciando así su carrera como el evangelista psicodélico más prometedor de los sesenta. Otro apóstol del ácido, Jerry Garcia, guitarrista de Grateful Dead, que puso la banda sonora al viaje de nuestro virginal ex presidiario, moriría de complicaciones por una vida de abuso químico el 9 de Agosto de 1995 (según nuestro liberado, Garcia tomó su nombre artístico del mismo amigo mexicano que le enseñó a él a tocar la guitarra).


Pero volvamos de nuevo hasta la pista de baile del Avalon en el ’67, cuando los malos viajes quedaban aún muy lejos…


Según su propia crónica de aquella época de iluminación en el Avalon, el ex presidiario comenzó a moverse en la pista de baile con poderosas energías que fluían de una forma que desde entonces se han vuelto familiares al mundo. Su baile desinhibido y extático atrajo la atención de los freaks veteranos y de vueltas de todo que componían la escena del Avalon aquella noche.


Años después, estaban aquellos que aún recordaban esa noche en el Avalon como la verdadera llegada al Haight de un colorido personaje que pronto sería conocido como el Jardinero y el Mago, entre otros nombres.


Abrumado por el repentino estado de gracia que le visitó, el frenético bailarín se desplomó sobre la abarrotada pista de baile en posición fetal.


Al despertar en un desvencijado sillón a la mañana siguiente se sentía espiritualmente limpio. Había experimentado nada menos que un renacimiento. Empapado de la Biblia desde su infancia, el recién puesto y colocado ex presidiario sólo pudo comparar lo que le sucedió con las descripciones de los apóstoles de ser invadido por el Espíritu Santo.


El innovador pionero en investigación con LSD, el Dr. Stanislav Grof –cuyos estudios de los efectos espirituales de los psicodélicos fueron más profundos que los del muy publicitado vendehúmos Leary– citó la experiencia del renacimiento como experiencia mística esencial engendrada por el LSD. Grof lo comparó con la iniciación al renacimiento cultivada en las culturas de tradición chamánica versadas en miles de años de conocimiento de plantas psicoactivas que ellos entendían como divinas.


No mucho después de su epifanía ácida del Avalon, nuestro renacido reincidió sentado rasgando su guitarra y cantando sus canciones en la puerta del campus de Berkeley de la Universidad de California. Su música atrajo la atención de una bibliotecaria que paseaba a su perro. Su nombre, encajando bien a la luz de la leyenda de la que pronto sería protagonista, era Mary.


Ella fue la primera de un círculo formado libremente alrededor del músico en los treinta meses de libertad que le quedaban. Él calificó después a este grupo de amigos amorfo y sin nombre y de amantes y compañeros en comandita como “movimiento de renacimiento”. Un periodista en busca de una etiqueta pegadiza para una historia posterior apodó al grupo transitorio como “La Familia”. El nombre –y la leyenda que lo acompañó– permanece.


El sacerdocio de Charlie Manson de casi tres años entre “esos maníacos de ahí fuera” había comenzado. E incluso ahora, después de cuatro décadas de fascinación pública incesante con el hombre y el mito que surgió en torno a él, los misterios del fenómeno Manson permanecen como quedaron, escondidos tras un velo de mentiras, leyendas y fantasías con las que nos proponemos acabar.



“La Historia es una verdad que a la larga se convierte en una mentira, mientras que el mito es una mentira que a la larga se convierte en una verdad” –Jean Cocteau.



Como se ha dicho, Charles Manson ha pasado sorprendentemente cincuenta y nueve de sus setenta y seis años en la cárcel. Desde su último arresto el 12 de Octubre de 1969, no sólo ha sido físicamente encarcelado tras un conglomerado siniestro de paredes de una cárcel de California. También ha estado encerrado en la incluso más ineludible celda de su propia leyenda. Esta fortaleza del pensamiento no es menos confinadora, no menos inexpugnable que la tangible institución de máxima seguridad que actualmente lo retiene. Es este mito más duradero que la vida lo que se mantiene en la imaginación del público que las sucias circunstancias de los crímenes prosaicos por los que fue condenado por esas garantías de que ninguna vista para la libertad condicional lo soltaría jamás. Pero incluso si este “archivo” que tienes entre manos no puede romper las rejas de la prisión material de Manson, al menos puede servir para cortar las cadenas de la narrativa exagerada que le impusieron.


El cuarenta aniversario del arresto de Manson y el subsiguiente estigma como chivo expiatorio de los sesenta y Anticristo oficial de la Era de Acuario se ha celebrado hace poco. La ocasión nos dejó una nueva ración multimedia vomitando todas las viejas falsedades, estereotipos y mentiras que siempre rondan sus sucias mentes cuando se acerca la conmemoración de la mágica fecha a redondear en el calendario de los violentos 8 y 9 de Agosto.


Con esto en mente, esta edición del Apocalipsis actualizada de The Manson File sirve como antídoto contra las embestidas violentas de los refritos embusteros que se proporcionan a la opinión pública.


En 2009, justo después de que el corpus principal de este libro estuviera acabado, numerosos cabos sueltos kármicos esenciales en la saga Manson fueron atados en un nudo proscrito. Como si de un chiste del Destino se tratara, cuatro de los más importantes ocurrieron justo después del cuarenta aniversario de los asesinatos Tate-LaBianca en Agosto de 2009.


Roman Polanski fue detenido por las autoridades suizas bajo la acusación aún pendiente de abuso de menores que cometió durante una sesión fotográfica en Los Angeles. Para aquellos familiarizados con la versión de Manson de la historia, el nuevo arresto del director fugitivo podría sólo evocar las frecuentes acusaciones por parte de Manson de que la comunidad juerguista del cine y la música rock de Hollywood alrededor de Polanski en los movidos años sesenta estaba envuelta, supuestamente, en la producción secreta de porno infantil. Éste ángulo relevante fue, evidentemente, ignorado por completo por los medios de comunicación.


El mismo mes, Susan “Sexy Sadie” Atkins, la mujer Manson más conocida condenada por asesinato, moría en prisión después de una larga lucha contra el cáncer cerebral. Atkins, acusada responsable del primer desarrollo de la historia de primera página “Helter Skelter” que ocultaba la verdadera naturaleza de la orgía criminal de 1969, había hecho público recientemente un escrito autobiográfico en el que no sólo se retractaba explícitamente del motivo Helter Skelter que ayudó a inventar, sino que también explicaba algunas de las formas en las que fue manipulada por el Fiscal del Distrito Vicent Bugliosi durante el juicio. En este documento, afirma descaradamente que Bugliosi sabía que el móvil Helter Skelter era pura ficción. Y aún hoy ningún obituario de Atkins menciona esta importante revelación.


En Agosto de 2009 también salió de prisión la más ferviente defensora de Manson, Lynette “Squeaky” Fromme. La declaración de Fromme expresando su apoyo continuado a Manson nunca ha aparecido en la cobertura mundial de su puesta en libertad. Casi dos años después de su libertad condicional, sin embargo, Fromme ha mantenido un perfil extremadamente bajo. Parece no haber terminado su antiguo activismo por la causa ambiental de ATWA de Manson. Recientemente Manson me contó que no han tenido contacto desde que ella salió en libertad.


Cada aniversario de la noche del 9 de Agosto, la antigua residente de la comuna de Manson Linda Kasabian aparecía bajo los focos de los medios tras muchos años de retiro. El falso testimonio preparado de Kasabian contra Manson y sus co-acusados fue instrumentalizado para ganar una condena e influyó mucho en la creación del mito Manson que este libro busca hacer estallar. En dos entrevistas de televisión en Agosto de 2009, Kasabian reveló ser la misma obediente marioneta de ventrílocuo en el guión de Helter Skelter de Vincet Bugliosi que había sido en el juicio décadas antes.


En cuanto a Bugliosi, el benefactor principal del mito Manson, contradijo sustancialmente su antigua versión del caso Manson en un engañoso y deshonesto pseudo docudrama del aniversario repleto de recreaciones imaginarias. Por ejemplo, el docudrama de TV mostraba a Bugliosi ofreciendo alegremente pruebas que refutaban su aseveración original del juicio de que Manson apenas conocía al productor discográfico Terry Melcher. Esta falsedad fue crucial en el caso de Bugliosi y su libro Helter Skelter. En la bizarra amnesia sintomática de los reportajes de los medios sobre el caso Manson, ningún periodista hizo ver a Bugliosi esta flagrante inconsistencia. De acuerdo con una fuente judicial con la que hablé, un técnico del set del documental por el aniversario afirmó que Bugliosi había olvidado tantos detalles de la historia Helter Skelter que él mismo confeccionó que tuvieron que ayudarle con prompter.


Todo lo expuesto tendría que haber ofrecido a cualquier periodista merecedor de tal nombre amplio material nuevo para trabajar. Y aún el largo apagón mediático oscureciendo el caso Manson persiste. El aniversario de los asesinatos Tate-LaBianca también produjo la publicación del libro Coming Down Fast, un refrito superficial de gacetillero que amontona las falsedades habituales sobre el mito de Helter Skelter. Esta fraudulenta biografía de Manson, prácticamente una nueva versión de la ya fraudulenta Manson in his Own Words, fue escrito por un periodista del respetado diario británico The Guardian. Y aún crédulamente repite las viejas inexactitudes sin ninguna referencia a la rica cantidad de material más acertado que ha surgido en los últimos años.


En el frente cultural, el cuarenta aniversario de Helter Skelter vio al profesional del misterio e icono de la literatura de los sesenta Thomas Pynchon trayendo a Manson a la esfera de la “alta” literatura lanzando la nostálgica novela negra hippie Inherent Vice. Tiene lugar en la psicodelia underground de Los Angeles de 1970 durante el culmen de fascinación pública con el juicio Tate-LaBianca. Inherent Vice evoca los mitos de Manson a lo largo de su incoherente y asfixiada fuma canutos trama de drogas y detectives. Uno de los personajes de Pynchon expresa un fetiche sexual por las chicas Manson que son usadas a menudo para simbolizar la inocencia perdida de la generación hippie.


A pesar de que las paranoicas y contraculturales novelas previas de Pynchon cuestionen la versión de la Historia establecida, Inherent Vice es decepcionantemente conservadora en su aceptación del mito mediático que inventó Bugliosi.


Sólo después del paso de tantos años de promocionado tumulto que una vez mantuvo el miedo a una ominosa amenaza de Manson como atracción secundaria omnipresente en los medios, ha comenzado a morir. Quizá sólo ahora, cuando la histeria se convierte en historia, podemos empezar a tener un entendimiento más serio y realista del hombre tras el mito. Podemos contemplar incluso una valoración menos fantasiosa de los crímenes por los que fue acusado de ser autor intelectual que fue posible hacer creer en el despertar de décadas de espeluznante publicidad en que estos hechos tuvieron lugar.


Incluso después de todo este tiempo en que Manson fuera impulsado a una infamia que él nunca pidió, hay tantas preguntas sin responder acerca del hombre y los crímenes que llevan su nombre como los hubo el día en que se conocieron.


Podría ser más apropiado decir que casi nadie ha hecho las preguntas adecuadas aún. Después de décadas de las acostumbradas tácticas de encubrimiento como ofuscación deliberada, desinformación, distracción, pistas falsas y fabricación total –todas propiciadas y encubiertas por los medios de comunicación en una complicidad incuestionable con la línea política– el fenómeno Manson permanece bajo una niebla tan densa que ninguna luz ha podido penetrarla nunca.


Ciertamente, desde la primera manifestación de The Manson File, durante los últimos años de la Guerra Fría y los primeros años de la oportuna Guerra contra las Drogas, tantos hechos importantes se han filtrado que deberían ser suficientes para cambiar la percepción pública de esta leyenda criminal de larga duración. En los años siguientes, los a veces peligrosos esfuerzos de un pequeño número de investigadores independientes han conseguido numerosas incursiones exitosas en la aparentemente inexpugnable fortaleza de mentiras que es el mito Manson. Pero a pesar de estas grietas en el armazón, el fantástico folclore sobre Manson nacido en el juzgado y elaborado hasta el infinito por los medios, aún tiene más peso que la realidad infinitamente más compleja de Manson.


En 1987, cuando seleccionaba el primer material que comprende The Manson File, simplemente pretendía permitir un entendimiento de primera mano y sin censura del pensamiento real de Charles Manson, en contraposición a la caricatura distorsionada de este pensamiento habitualmente transmitido como algo a lo que temer y tramposo por los desagües de los medios corporativos. Esta edición revisada, según lo que he aprendido en las dos décadas pasadas, va mucho más allá al separar los hechos de la fantasía más que en el trabajo previo.


Para fugarse de la cárcel, el escapista potencial debe poseer un mapa apropiado de las paredes que lo encierran. Del mismo modo, si tenemos alguna esperanza de liberarnos a nosotros mismos de una ilusión, debemos ser capaces de ver cómo se estructura la ilusión y cómo llegamos a dejarnos engañar al principio. Antes de que pueda hacer mi trabajo como Psicopompos guiándote en las profundidades del submundo Mansoniano, será necesario exponer un esbozo conciso de al menos alguna de las falacias más frecuentes que constituyen el mito Manson. Sólo cuando tengamos una idea clara de las anteojeras que restringen nuestra visión será posible empezar nuestro trabajo de desentrañar la verdad de la falsedad.



“Mucha de la propaganda escrita en nuestra época equivale a una llana falsificación. Los hechos materiales son suprimidos, las fechas alteradas, las citas sacadas de su contexto y tan adulteradas que cambia su significado. Los sucesos que se considera que no deberían haber ocurrido no se mencionan y al final son negados” –George Orwell



El gran cristiano contemplativo alemán Meister Eckhart, definió el sendero místico como una vía negativa –un proceso de sustracción más que de adición. Para darse cuenta del  punzante engaño mortal de la meta mística y alcanzar la percepción directa de la realidad tal como es, argumentaba Eckhart, debemos podar sistemáticamente el follaje muerto del árbol de nuestra mente.


Los exploradores de los misterios Mansonianos se enfrentan al mismo camino espinoso.


Para atajar desde el campamento base para alcanzar la cima oscurecida por la niebla de Monte Charlie, debemos echar por la borda cualquier equipaje superfluo que pudiéramos estar arrastrando. La mayoría de estos lastres consisten en condicionamientos, prejuicios y proyecciones inculcados por décadas de desinformación, obstruyendo nuestro tema de investigación.


Si el lector realmente busca encontrar sentido a la supuesta “locura” del pensamiento de Manson, primero debemos determinar de cuál de los muchos Charles Manson posibles estamos hablando. ¿Del ser humano de carne y hueso, sellado, como este escrito, en un zoo humano en el desierto de un pueblo rural de Corcoran, California? ¿O de los distorsionados reflejos demoníacos del mismo, mirándonos fijamente con mil ojos desde le vestíbulo de la sala de espejos mediática en la que nosotros crédulamente confiamos para hacernos con una imagen apropiada de la realidad?


¿Desde dónde, debemos preguntarnos, vienen las familiares imágenes de “líder de una secta hippie”, “perro loco asesino” y “el hombre vivo más peligroso”? ¿Cuáles son los mecanismos que accionan Los Magos de Oz, ocultos tras qué cortinas y cuáles las poleas y palancas ocultas que proyectan la Maya del mito Manson en nuestras mentes? Y, quizá más importante, ¿por qué ha sido esta fantasía tan poco convincente pero repetida sin cesar tan arduamente promulgada?


Para responder a estas preguntas, Manson debe ser puesto en el cada vez más olvidado ser humano y en el contexto histórico del que emergió su mito: la turbulenta caldera socio-espiritual americana de 1968/69. Una época cuando los conmovedores sueños de los sesenta ya estaban en decadencia, desvaneciéndose como el humo de la última calada agridulce de una colilla. Fue el año en el que el anterior Verano del Amor se había revelado como un falso amanecer, un espejismo fabricado por los medios que condujo rápidamente a una serie de crisis violentas.


Una época en la que el asesinato de Martin Luther King en Memphis hizo estallar disturbios raciales en los hirvientes guetos norteamericanos, reviviendo el lema de los disturbios de Watts “Burn, Baby, Burn!”. El pacifismo de las tácticas por los derechos de King, murió con él. La retórica marcial y revolucionaria de venganza y separatismo de los Panteras Negras llenó el repentino vacío de poder. El disparo mortal al candidato presidencial Robert F. Kennedy unos meses después sólo oscureció el talante del trauma nacional. La Convención Demócrata de Chicago vio una demostración pacífica encabezada por Abbie Hoffman y el Partido Yippie de Jerry Rubin interrumpida por una carga policial tan brutal que para muchos parecía el advenimiento de un estado totalitario.


Desde entonces, incluso a los jóvenes estadounidenses más respetuosos con la ley les fue difícil no ver a la policía, y a los descaradamente represivos políticos a los que servían, como “cerdos” deshumanizados.


Los noticiarios nocturnos deprimían incluso aún más con la emisión del sacrificio sin sentido de miles de jóvenes obligados a luchar en la batalla perdida de Vietnam. Este cenagal de sangre sólo intensificó los anhelos revolucionarios de la contracultura. El originariamente pacífico movimiento anti-guerra, infiltrado por informantes y agitadores del FBI, los volvieron radicales y desesperados. Tal pasión es difícil de imaginar ahora, a la luz de la apatía con la que los felices y complacientes jóvenes norteamericanos, consumidores zombis de Internet, han reaccionado a los incluso más atroces crímenes de la guerra de Irak. Pero en 1968, un penetrante sentido de la justicia agitaba a las facciones revolucionarias extremistas a armarse para una violenta lucha contra el belicismo del sistema. El eslogan “Nunca confíes en nadie mayor de treinta” mutó a “Mata a tus padres”.


El candidato presidencial Richard Nixon puso de su lado astutamente el caos del ’68 y los desórdenes en las filas de sus adversarios Demócratas y de la Nueva Izquierda. Orientado hacia una dirección de Ley y Orden, Nixon ganó fácilmente los votos de la “mayoría silenciosa” de norteamericanos conservadores, aterrorizados por el fantasma de la revolución negra, disidencia juvenil y el uso conspicuo de drogas que ellos veían que desgarraban el país.


Además de todos estos conflictos mundanos que tenían lugar, es también importante recordar el grado en que la generación alienada buscaba soluciones en las olvidadas ciencias sobrenaturales. Por primera vez en la historia de una nación industrializada, el uso generalizado de psicodélicos trajo al fin un sabor tentador de los efectos transformadores esotéricos de la experiencia mística.


Esta ola hazlo tú mismo de iniciación al “sigue tu propio camino”, ampliamente jugada por niños consentidos de clase media reacios a aceptar autoridad espiritual alguna versada en la tradición, normalmente quedó muy lejos de la meta de la iluminación. Una versión idiotizada y degradada del Budismo Tántrico golpeó a las comunas en forma de subproducto pueril de Timothy Leary del texto sagrado que erróneamente vino a ser conocido como “El Libro Tibetano de los Muertos”. El sincretismo pseudo-Védico y cuasi-Budista a ritmo de sitar con el que habían coqueteado The Beatles inspiró una moda de turismo espiritual y un romance de ensueño con Oriente. En esta atmósfera sobrecalentada, los más-conocidos-que-Jesús Beatles se convirtieron en semidioses, cuyas letras y cambio de vestuario fue sometido por sus discípulos a casi una exégesis religiosa. Para asegurarse, una minoría seria volvió a las tradiciones genuinas de la antigua sabiduría importada de Oriente. Pero para la mayoría, la última liberación de la mano de la pérdida del ego –siempre el centro del camino místico– se convirtió en el último divertimento para los baby-boomers aburridos en busca de nuevas sensaciones.


Otros buscaron un bálsamo espiritual en su propio patio trasero, en un intento por recuperar el conocimiento pagano supuestamente perdido de la brujería europea, un fenómeno más ficticio que histórico. Una de las películas con más éxito de 1968, La Semilla del Diablo de Roman Polanski, disparó un renacimiento sin precedentes de ocultismo cultural pop. El bestseller de bolsillo del autoproclamado bujo blanco Sybil Leek supuso una guía para un nuevo público receptivo a la astrología y una juventud podrida por el ácido, ansiosos por entrar en las glamurosas identidades de brujas y brujos.


Muy pronto, la industria librera y los estantes de revistas crujían por el peso de recientes grimorios inventados y Necronomicones de la Now Generation. Sin ninguna tradición cohesiva o linaje viviente de maestros, esta neo-brujería permitía un exceso de fantasías narcisistas e imaginación aún encontradas en la New Age y círculos ocultistas a día de hoy.


Especialmente en California y Londres estuvo en boga la fascinación con el simbolismo de las Artes Negras más exóticas, oscuras y sexis. Esta cara siniestra del resurgimiento ocultista de los sesenta y su penetración en la cultura popular, puede ser trazada hasta la breve y polémica pero influyente colaboración entre el cineasta experimental crowleyano Kennteh Anger y los aficionados a la brujería más famosos de la época, The Rolling Stones. El álbum de 1967 Satanic Majesties Request de los Stones, grabado en la cumbre de su postureo luciferino que acabaría abruptamente en Altamont, fue seguido por el himno “Sympathy for the Devil”. Bajo tales influencias primariamente ascéticas y con un poco de imaginación animada por las drogas, las comunas se convirtieron en aquelarres, mientras las orgías y los love-ins se convertían en los rituales del Sabbath –o al menos lo hacían en la mente de sus oficiantes. 


Este matrimonio de los cada vez más beligerantes y racialmente acusados revolucionarios chic y una mayormente superficial pero emocionante atmósfera cargada de experimentación ocultista preparó el escenario para lo que estaba por llegar. Maharishis, Gurús, Sumos Sacerdotes y avatares autoproclamados de todo credo imaginable alimentaron –y a menudo explotaron– los anhelos rudimentarios de una generación en busca de sabiduría esotérica. Los sabrosos ingredientes del mito Manson se estaban cociendo a fuego lento en un embriagador brebaje de brujas por parte de los medios. Todo lo requerido para finalizar el proceso era que alguien fuese elegido por el Casting Central del Espíritu de la Época para adentrarse en el jugoso papel de Mesías del Mal que esperaba ser completado.


Vayamos hasta 1969. La recientemente inaugurada administración Nixon cumplió al menos una de sus promesas electorales, ponerse manos a la obra para destruir la amenaza contracultural percibida con todas las fuerzas federales encubiertas a sus órdenes. Por primera vez desde 1865 parecía que EE.UU. estaba al borde una sangrienta insurrección, esta vez una guerra entre generaciones. Aún fue posible por un breve período en el verano de ese año imaginar fugazmente que el optimismo inocente del New Frontier de JFK sangrientamente interrumpido y el desvanecimiento de la pipa hippie de los sueños por una nueva era de paz y amor, podría fructificar después de todo.
 ó﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽lvi Para asegurarse, una minortras y cambio de vestuario fue o sagrado que errlguna historia de una nacios. Tal pasi

El 20 de Julio, la Aldea Global de Marshall McLuhan obtenía la mayor audiencia televisiva vista hasta entonces. Paralizados ante sus pantallas de TV para ver al astronauta Neil Armstrong soltar su frase preparada sobre un pequeño paso para el hombre en la Luna. El 15 de Agosto el mundo prestaba atención, de nuevo embelesado, cuando la Nación Woodstock celebró su ensayo para un paraíso post-revolucionario en un campo embarrado de Nueva York septentrional. Es sólo una retrospectiva histórica que nos permite ver que estas noticias esperanzadoras de verano de las grandes cosas que aún podían llegar no fueron la manifestación completa de la muy proclamada Utopía que hicieron ver al principio.


Para situarnos justo en medio de estos dos inspiradores eventos, otras noticias perturbadores también provocaron una fascinación internacional.


Los llamados asesinatos “rituales” de la prometedora estrella de Valley of the Dolls Sharon Tate y sus invitados en su aislado hogar en uno de los vecindarios más ricos de Los Angeles, añadieron una nota molesta de discordia a todas las buenas vibraciones.


Un hecho importante que ha sido olvidado es que desde Agosto a Diciembre del ’69, cuando los crímenes aún estaban sin resolver, la prensa trató la historia desde un ángulo que hacía suponer que la matanza salvaje de Cielo Drive fue casi sin duda un trabajo interno. ¿Qué más podría esperar cualquier norteamericano decente temeroso de Dios de la decadente y hambrienta de emociones alta sociedad que se movía en el ambiente de drogas y sexo del rico y hastiado Nuevo Hollywood? La revista de chismes del cine más importante aceptó la teoría de que los asesinatos fueron probablemente el resultado de un desmadre en alguna, sin duda, depravada orgía llena de LSD. Siguiendo la estela del primer crimen, tanto la opinión pública como la policía apenas repararon en los asesinatos de los LaBianca la noche siguiente –además, ¿a quién le importa un tendero y su mujer cuando hay una glamurosa telenovela con una estrella de cine sacrificada sobre la que chismorrear? Primero hubo una especie de regocijo oculto tras las primeras informaciones de los asesinatos. Como si las víctimas se hubieran merecido la muerte como castigo por lo que la mojigata clase media norteamericana consideraba sus estilos de vida como pervertidos y hedonistas. Después de todo, como se insinuó innumerables veces, ¿no había adquirido sospechosamente el marido extranjero de Sharon Tate, Roman Polanski, exiliado de una nación comunista, su fama y riqueza haciendo películas sangrientas y sádicas sobre violencia psicopática, vampiros y adoración al Demonio? ¿Fue una sorpresa que la vida imitara al arte? Esta actitud fue tipificada por el cínico epitafio ofrecido por uno de los vecinos de Beverly Hills de los Polanski. Al preguntarle por su reacción sobre las muertes, el vecino sin nombre se encogió de hombros y dijo en tono despectivo “Vive freaky, muere freaky”.


No fue hasta el 1 de Diciembre de 1969 que el Departamento de Policía de Los Angeles anunció que finalmente habían resuelto el caso en lo que el inteligente fiscal mediático pregonaría como “El crimen del siglo”. Si los detectives estaban en lo cierto, los asesinos no pertenecían a la gente guapa de Hollywood después de todo. En un desarrollo que sobrevino como una conmoción después de muchas conjeturas equivocadas, ahora los asesinos procedían de lo que la revista Life memorablemente llamó “el oscuro límite de la vida hippie”.


En los meses siguientes, los medios de comunicación recogieron poco a poco y sin descanso los hechos del caso –o al menos lo que hicieron pasar por hechos en aquel momento– y se hizo evidente que la gloriosa promesa del sueño de los sesenta que parecía haberse manifestado en la Luna y en Woodstock, realmente sólo fueron los estertores de algo toscamente abortado.


De repente, las peores imaginaciones de la mayoría silenciosa sobre la amenaza que representaba la creciente horda de melenudos, maníacos sexuales antisociales y fanáticos de la droga surgiendo por todo el país como setas mutantes, parecían estar justificadas. Esta pesadilla se hizo realidad cuando una foto cuidadosamente elegida mostrando la mirada salvaje y el semblante barbudo de Charles Milles Manson se diseminó en las páginas de la prensa mundial. El caso misterioso, le dijeron al mundo, lo habían resuelto porque una de los supuestas seguidoras del líder de la supuesta secta hippie, Susan Atkins, encarcelada por otro crimen, se fue de la lengua con dos compañeras de prisión sobre su participación en el asesinato de Tate.


Esta historia tremendamente improbable de violencia sin motivo contada por Miss Atkins, con más agujeros que los cadáveres de las víctimas, se pasó por alto en el drama del momento. Las sospechosas circunstancias y el dudoso personal que rodeaba la muy anunciada “confesión” ha levantado apenas una ceja a día de hoy. La presión de la opinión pública y los medios a la policía para resolver los casos de las grandes celebridades garantizó que las complejas realidades del caso fueran escasamente investigadas por la prisa del enjuiciamiento que sobrevino.


En muy poco tiempo, y mucho antes de que siquiera una pizca de prueba hubiera sido presentada ante un tribunal de justicia, Manson ya estaba juzgado y condenado por los medios como el hombre que masacró brutalmente los esperanzadores sueños de los sesenta, el jardinero salvaje que sin ayuda de nadie desarraigó el delicado florecimiento del apacible poder de las flores. Manson debe ser el primer hombre en los anales del crimen en ser acusado de la previamente desconocida felonía de decadicidio. Pero como veremos esto sólo fue un caso de aplicación de la ley y de los medios torciendo las cosas para cumplir su agenda pre-existente anti-contracultura: no hubo nada particularmente “hippie” en los crímenes, que fueron realmente asesinatos ordinarios por ajustes de cuentas, sin relación alguna con el ocultismo fantástico o con los motivos revolucionarios imputados por la prensa.


Erigiéndose como autoridades de todo el espectro social, estaban encantados de contarles a su público que los crímenes ahora bautizados como “Los asesinatos de Manson”, habían sido la sentencia de muerte del hippismo –incluso a pesar de que los ya citados Diggers habían interpretado un falso funeral celebrando la Muerte del Hippie dos años antes. La explosión sin precedentes de cobertura mediática sensacionalista referente al caso sólo se intensificó cuando metieron al acusado en el espectáculo cuidadosamente guionizado y montado por los medios que haría las veces de juicio.


La acusación del Estado de California estaba al cargo de Vincent T. Bugliosi, un mamporrero del Sistema que comenzó su carrera como asesor técnico en el popular programa juicios para TV de Jack “Dragnet” Webb, The D.A. Las habilidades para contar historias y los trucos narrativos que aprendió Bugliosi soñando crímenes ficticios para el entretenimiento de los amigos de Telelandia vendrían que ni pintados a la hora de montar su caso para el Pueblo contra Manson. La “espontánea” y sangrienta confesión de Miss Atkins combinada con el genuino periodismo de investigación del Cuarto Poder había sembrado las semillas de la leyenda de Charlie. Los titulares vociferaban sobre una SECTA MÍSTICA SALVAJE Y “MAGIA NEGRA” DE MANSON CONTADO POR SUS SEGUIDORES. Pero fue a Vincent Bugliosi a quien hay que agradecerle el perfeccionamiento de este espeluznante cuento para no dormir que hoy conocemos como el mito Manson.


Para aquellos lectores que han vivido en otro planeta o aquellos demasiado jóvenes para recordar los detalles, una breve sinopsis del cuento que Bugliosi creó viene a ídem. Lo expuesto por Bugliosi, aceptado y repetido por los obedientes medios como loros sin cuestionarse nada, fue lo siguiente:


El móvil demente de los asesinatos Tate-LaBianca, conjeturó Bugliosi, vio la luz en la vengativa y retorcida mente de Charles Manson, un ex presidiario frustrado y aspirante a estrella de rock. A Manson, insistía Bugliosi, le había llevado al homicidio su odio amargo contra la industria del entretenimiento que supuestamente había rechazado sus talentos. Conjeturaba que Manson era adorado como una síntesis de Cristo y Satán por un séquito de discípulos descerebrados, un culto Satano-Fascista llamado supuestamente (¿algo más?) la Familia Manson. El líder de la secta y experto manipulador, dejó claro Bugliosi, usó una astuta mezcla de éxtasis orgiástico y drogado para hipnotizar a sus crédulos seguidores, previamente inocentes e inmaculados jóvenes de clase media a matar por él sin hacer preguntas. Esta secta asesina de antiguos héroes de fútbol americano de mejillas sonrosadas y reinas virginales fueron convertidos por el control mental de la magia negra Mansoníaca en satánicos robots esclavos.


A este Hitler paleto, teorizaba Bugliosi, le conducían sus delirios de grandeza ya que imaginaba realmente que The Beatles le enviaban mensajes ocultos sobre el libro bíblico del Apocalipsis a través del doble LP de 1968 popularmente conocido como “The White Album”. Inspirado de esta forma, el brujo basura blanca inventó una improvisada filosofía de racismo ocultista que llamó Helter Skelter, por la canción del mismo nombre de Paul McCartney.


Helter Skelter, explicó servicialmente Bugliosi, era nada menos que la visión lunática del Gurú del Gore de una guerra racial apocalíptica en la que los negros se alzarían para masacrar a sus opresores blancos.


El plan era que cuando los negros victoriosos tomaran las riendas del poder de sus odiados amos, se darían cuenta de su incapacidad para gobernar. Entonces cederían, agradecidos, el poder a Manson y a su Familia, quienes, alertados por las letras encriptadas de los Beatles, hacía tiempo habían encontrado refugio de la furiosa guerra racial que se libraba en las ciudades escapando a un reino paradisíaco subterráneo escondido bajo el desierto del Valle de la Muerte.


Sin más motivo que el de estar actuando bajo el maligno y sobrenatural influjo de Manson y su creencia compartida en su enloquecido escenario de Helter Skelter, el grupo de hippies hipnotizados de Charlie se permitirían a sí mismos dejarse entrenar como un comando satánico. O al menos, eso aseguraba Bugliosi.


En la sofocante noche del 8 de Agosto de 1969, postulaba Bugliosi, los hippies de Manson, bajo el control remoto del odio, fueron enviados por su amo diabólico para llevar a cabo un ataque a medianoche contra los desprevenidos residentes del 10050 de Cielo Drive. Esta dirección, recalcaba Bugliosi, había sido la casa de Terry Melcher, un productor de la industria musical que supuestamente había rechazado las ambiciones artísticas de Manson. Aparentemente, sin que ningún asesino lo supiera, la casa de Cielo Drive estaba ahora habitada por el director de cine Roman Polanski y su mujer embarazada, la actriz Sharon Tate. Según la versión de los hechos de Bugliosi, estos pequeños detalles de identidad no tenían importancia para los sanguinarios esbirros de Manson. Sin remordimientos ni escrúpulos allanaron, supuestamente, la casa de Polanski y mataron a los cinco desconocidos que encontraron allí, únicamente para cumplir la demente profecía de Helter Skelter de Manson, que requería las impactantes muertes de “cerdos blancos y ricos” para acuciar a los Panteras Negras a cometer atrocidades semejantes.


Según la cronología de los hechos de Bugliosi, cuando los acólitos de Manson allanaron la residencia de Polanski para llevar a cabo una misión de ejecución al azar aquella noche, sorprendieron a Steve Parent, el invitado de dieciocho años de un joven que vivía en un cobertizo separado en la zona trasera de la propiedad. “Tex” Watson, supuestamente el más fanático de los seguidores de Manson, que después aseguró ser la “mano derecha” del líder de la secta poseído por el demonio, disparo mortalmente contra Parent poco después de la medianoche. Helter Skelter se había cobrado su primera víctima. Bugliosi especuló con que Watson había cortado los cables de teléfono que conectaban la casa con el mundo exterior antes de irrumpir y acabar con las víctimas seleccionadas para el sacrificio.


Sólo fue pura mala suerte entonces que el ex prometido de Sharon Tate y peluquero de las estrellas Jay Sebring y Voytek Frykowski, un viejo amigo de Roman Polanski, acabaran de forma tan horrible a finales de esa noche. Cuando la aparentemente sin sentido carnicería ocultista acabó, un proceso que Bugliosi estimó de tan sólo unos veinte o treinta minutos, dejaron atrás los cadáveres de Tate, Sebring, Frykowski y su novia Abigail, activista por los derechos civiles y heredera de la fortuna de los Folger Coffee, en poses grotescas, supuestamente piezas de caza ritualista, cuando todo acabó.


Para que pareciera que habían sido los Panteras Negras los autores de esta atrocidad, o eso decía Bugliosi, una de las brujas hechizadas de Manson escribió la palabra PIG en la puerta con la sangre de Sharon Tate. Este mensaje “embrujado” que el genio y maligno ocultista Manson había enseñado a sus comandos de asaltantes enloquecidos, era la señal infalible que inspiraría a los negros a levantarse e iniciar Helter Skelter. O eso nos han contado.


Tan sólo para asegurarse de que “Blackie” pillaba el mensaje transmitido de los Beatles y Manson, mantenía Bugliosi, el líder de la secta envió otro escuadrón para matar bajo sus propias órdenes la noche siguiente. Esta vez, los inocentes elegidos completamente al azar, cuyo número fue premiado en la lotería de la catástrofe, fueron, de entre todo el vecindario, un pobre tendero llamado Leno LaBianca y su mujer Rosemary, ciudadanos respetables elegidos fortuitamente como sacrificios en una orgía satánica mortal. Este segundo asesinato ceremonial no dejó cabos sueltos en cuestión de simbolismo –los asesinos usaron la sangre de las víctimas para pintar las mágicas pero mal escritas palabras Healter Skelter en el frigorífico de la pareja. La única conclusión estremecedora que se podía sacar después de oír la interpretación de Bugliosi sobre aquellas noches de matanza fue que nadie estaba a salvo de la amenaza de esta secta hippie que mataba al azar. Podría haber sido cualquiera. Podrías haber sido tú.


Ahora, habiendo puesto en marcha el inevitable proceso de la guerra racial, Manson podría esperar hasta que el humo se hubiera dispersado, confiado en su conocimiento de que pronto reinaría desde su escondite en el desierto como dictador supremo de una América post-apocalíptica. 


Cierto, si te tomas unos segundos para pensar sobre esto, el hecho de que los asesinos no continuaran su matanza de cerdos blancos y ricos a pesar de que la guerra racial con la que su líder soñaba ya había empezado, no tiene ningún sentido. Pero entonces, estábamos lidiando con una secta de satanistas consumidores de ácido que pensaban que los Beatles eran mensajeros divinos. ¿Quién sabe? Quizá unos maníacos como estos no cometían sus crímenes según la lógica que esperaríamos de criminales normales.


Dejando aparte estos y otros agujeros por ahora, los aspectos más importantes de la narrativa remarcadamente coherente de Bugliosi impuesta en los confusos eventos del 9 al 10 de Agosto de 1969 fueron estos:


Los asesinatos fueron el resultado inevitable de la pseudo-filosofía racista de muerte y destrucción de Charles Manson.


Sus seguidores de cerebro lavado, otrora niños de buen parecer sin antecedentes criminales, aceptaron el credo letal de Manson sin cuestionarlo y estaban dispuestos a matar por él.


Quizás lo más escalofriante de todo, en contraposición a casi todos los homicidios previos conocidos de este tipo en los anales de la criminología, es que motivos tan comunes como el atraco o beneficio económico no tuvieron nada que ver en la espiral de violencia.


No hubo más móvil que Helter Skelter.


Las víctimas no conocían a los asesinos.


Lo que es incluso más increíble aún que la historia de terror hippie presentada por la acusación, es que el jurado y la mayor parte del mundo se tragó el anzuelo de Bugliosi con sedal incluido.


Manson y su supuesta banda de programados e hipnotizados asaltantes nocturnos fueron sentenciados a muerte como consecuencia de Helter Skelter. La sentencia fue conmutada a cadena perpetua cuando la Firman Decision del Tribunal Supremo revocó la pena de muerte, establecida como sello de calidad de la larga tradición norteamericana de linchamiento judicial por muchedumbre.


Repetido sin cesar y embellecido, la multitud encantada con el cuento de hadas de Bugliosi lo ha tenido en mente durante mucho tiempo como una lección de civismo instructivo advirtiendo a los buenos ciudadanos de las maldades del ocultismo, del LSD y de la tradición permisiva que, supuestamente, se entrelazaron en los sesenta para vomitar la mutación tóxica de la Familia Manson. Basados en lo que parece ser nada más que un conjunto de referencias ficticias, la mayoría de aquellos que han escrito sobre Manson se han concentrado casi exclusivamente en la misma cuestión: ¿Cómo se las arregló este diabólico Svengali de los sesenta para hipnotizar a su tropa sedienta de sangre?


Y centrándose una y otra vez en este tema tentador pero absolutamente irrelevante de lavado cerebral satánico, casi toda la información disponible sobre Manson pierde completamente el norte. La mayoría de los equivocados autores de refritos han sido distraídos con el cuento mencionado sin ahondar realmente en lo que sucedió gracias al ilusionismo Bugliosiano.


Otros han añadido nuevas imaginaciones fervorosas al moderno cuento popular. Nos dejan con la leyenda persistente de un moderno Hassan ibn Sabbah al acecho en su Alamout del Valle de la Muerte, atrapando con paradisíacas recompensas de drogadicto éxtasis sexual a sus obedientes Hashishin descerebrados. El mejor maestro de la manipulación para que sigan sus órdenes de cometer atroces actos de violencia ritual contra absolutos desconocidos elegidos al azar.


Sólo hay una falla colosal en la muy alabada y ya legendaria acusación de Bugliosi y el mito duradero que ésta alimentó.


Casi ninguno de los cuentos que él ideó tan cuidadosamente en el juicio y que presentó cínicamente en su bestseller Helter Skelter como “La verdadera historia”, es verdadero.


Si hay un maestro del control mental e hipnosis de masas a lo largo de su carrera no es Charles Manson, sino el mismo Vincent Bugliosi, que ha estado embaucando a la opinión pública durante cuarenta años.



“Todo lo que sabes está equivocado”

The Firesign Theater


Las mismas mentiras indignantes han sido repetidas tan frecuentemente que han tomado una falsa pátina de realidad. Al igual que el hombre al que Bugliosi convirtió en un demonio de proporciones legendarias con el objetivo de encubrir el móvil real de los crímenes y ganar un caso. Él [Manson] ha descrito la situación con acierto:


“El fiscal hizo un trabajo perfecto metiendo en la mente de la gente, tu mente, Helter Skelter. Ganó vuestro caso por vosotros. El Pueblo contra Manson. Ahora es Manson contra el Pueblo. Pero no Manson, ésta persona, sino Manson, el Manson que vosotros queríais. Vosotros lo pedísteis. Vosotros creasteis a este pequeño demonio, y este pequeño monstruo, que ahora crece en vuestros niños. Y vais a decir, vaya, ¿por qué aumenta el crimen? [Manson, entrevistado por John Allison de la ABC en 1987].


O, como Manson le contó al titán del Tabloide Basura de TV Geraldo Rivera, cuando este “periodista de investigación” llegó a la prisión de San Quintín en 1988 para hostigar al Coco más conocido por el público ante las cámaras:


“El tío que tratas de hacer ver como yo es imposible. Lo que estás haciendo es crear una leyenda. Estás creando una bestia; estás creando lo que sea que vosotros juzgáis con la palabra ‘Manson’. Y ese no soy yo en absoluto.” [En línea con el proceso de edición orwelliano que opera en casi todas las presentaciones mediáticas de Manson, Rivera decidió no emitir este último comentario. Es realmente incómodo cuando la persona a la que tratas de demonizar tiene el valor de oponer resistencia. Otros tres comentarios pertinentes de Manson a los que Geraldo metió la tijera en la emisión final son: “Todo lo que estás haciendo es buscar sangre, miedo, buscas vender muerte”; “Te estás haciendo quedar como un gilipollas a ti mismo, como hizo Tom Snyder (Snyder era un periodista especialmente estirado de la NBC que produjo la primera entrevista para TV de Manson en 1981), y “Esta entrevista es una mierda, tío. Podríamos haberla hecho mucho mejor”].


Si puedes imaginar tu imagen pública formada casi exclusivamente por tus peores enemigos, serás capaz de comprender algo de la posición en la que Manson se encuentra. Y navegando por este corredor engañoso de espejos es difícil para cualquiera que desee penetrar seriamente en las verdades escondidas bajo el espejismo de Manson.


Aquellos que han hecho una larga y lucrativa profesión como detractores oficiales de Manson no se avergüenzan de contraer la incluso más absurda hipérbole en sus esfuerzos incansables para mantenerlo firmemente fijado como símbolo deshumanizado de maldad absoluta. Hay dos declaraciones típicas seleccionadas de entre las muchas divulgadas por las arquetípicamente adenoides y tensas voces de los principales fiscales de Manson, Vincent Bugliosi y su antiguo compinche, Stephen Kay.


“Manson”, reflexionaba Bugliosi una vez en la CNN, “de algún modo representa la cara oscura y maligna de la humanidad. El Papa, creo, le llamó la reencarnación del Diablo”.


Bugliosi creía mal. De hecho, ningún Pontífice hasta la fecha ha hecho jamás declaración pública alguna sobre Manson. Y, a menos de que haya habido algún cambio sustancial en la doctrina del que no he sido consciente, el concepto de reencarnación nunca ha sido aceptado por la Iglesia Católica de Roma. El historial de Bugliosi de balbucear alegremente tales sinsentidos erráticos salidos de su cabeza indicaría cuán arraigada es su tendencia a reemplazar la verdad con la fantasía, dentro y fuera del juzgado. Pero en lo referente a Manson, la supuesta obligación legal periodística de informar sobre hechos que pueden ser probados es constantemente lanzada por la ventana.


Mientras Bugliosi intentaba apuntalar su caracterización de Manson con un falso sello de aprobación Papal, Stephen Kay, el segundo fiscal de Manson y ardiente cazador de dragones en todo lo que respecta a Manson, apeló a la cultura pop del populacho. En 1989, la reportera de la CNN Ann McDermott le pidió que arrojara alguna luz sobre por qué el hombre al que ayudó a enviar a prisión es tan extraordinariamente atroz, y Key salió con esta joya:


“Es real. Es incluso peor que Freddy [Kruger] o esos otros monstruos, los personajes de Steven King, porque él es un monstruo real”.


Lo útil de pintar a Manson como la encarnación de Satán o una Pesadilla en Elm Street real –en lugar de quedarse con los hechos más prosaicos de la persona y el caso en el que se vio atrapado– es que un ser así desafía cualquier análisis racional. Recurriendo a la demonología y al terror de ficción en orden de perpetuar la figura fantástica que ayudaron a criar, el alarmismo simplista de Bugliosi y Kay, repetido hasta el infinito por los medios, inspiró inevitablemente una reacción que jamás podrían haber anticipado.


Hasta ahora hemos concentrado nuestra atención en el papel que tiene el mito Manson entre aquellos a quienes interesa presentar a Manson como la encarnación majara de la malignidad metafísica. Necesitamos examinar también la otra parte de la ecuación. ¿Cómo consigue el manifiesto místico de Manson llamar a filas a aquellos que se consideran “seguidores”?


Para transformar al delincuente de poca monta Charles Manson en el Supervillano ficticio más real que la vida misma se necesitó asegurar un culpable. Bugliosi y Kay fabricaron sin darse cuenta un icono glamuroso de maldad cósmica. Esta leyenda romántica fue dando botes hasta capturar la imaginación de generaciones de jóvenes fans de Manson en busca de un símbolo apropiado de rebelión a emular. Como bien ha apuntado el propio Manson más de una vez, sus propios esfuerzos nunca podrían haberle hecho ganar el grado de adulación del que hoy disfruta sin la imagen absurdamente exagerada que la acusación le encasquetó. La ironía de los más que discutidos “seguidores” de Manson es que la amplia mayoría de los que se consideran a sí mismos como partidarios de Manson, están idolatrando la misma imagen falsa que Bugliosi y los medios confeccionaron. El mito Manson, tan atractivo para la juventud impresionable, es realmente un monstruo fuera de control cuyo Dr. Frankenstein es el propio Vincent Bugliosi.


Como casi todos los aspectos del fenómeno Manson, la idea común que circula del  enorme y peligroso hervidero de fans de Manson es otro mito ampliamente extendido. Con toda seguridad, Manson aún recibe correo a capazos de fans. Y aún tiene muchos viejos amigos y partidarios procedentes de un amplio espectro social. Pero el número relativamente pequeño de los que entienden realmente el complejo cuerpo de pensamiento de Manson lo suficiente para adherirse a él, ha sido siempre superado en número por aquellos cuyo interés en él es simplemente una forma invertida de adoración de famosos. No hay que asumir que todo adolescente malhumorado explotando el valor de una camiseta de Manson o un tatuaje es un discípulo bona fide. Sería como cometer el error de imaginar que los millones de compradores despistados que se pasean engalanados con la cara del Che Guevara en sus bienes de consumo son devotos guerrilleros marxista-lenninistas comprometidos para traer una revolución del proletariado.


Desde principios de los noventa, la ya un tanto pasada de moda cultura pop juvenil de la Mansonmanía ha demostrado ser tan superficial y fuera de lugar como las perspectivas equivocadas de los detractores de Manson. Tanto los pro como los anti Manson, con muy pocas excepciones, operan en la misma base ilusoria de mentiras que el origen de la influyente versión de lo hechos de Bugliosi. Mientras la mayoría de los oponentes vociferantes de Manson lo castigan como la mente Nazi-Satánica que hipnotizó a su secta para asesinar en nombre de una guerra racial llamada Helter Skelter, muchos de los admiradores más tontos y crédulos de Manson se regocijan en los fundamentos del mismo cuento de hadas erróneo.


Al final, tanto los que odian como los que aman a Manson son simplemente las dos caras de la misma moneda acuñada por Bugliosi. Sus respectivas antipatía y admiración están sumidas en un cuerpo mutuo de supuestos comunes equivocados; el Charles Manson que aseguran odiar o amar es meramente una aparición mediática que tiene poco o nada que ver con el ser humano real que responde al mismo nombre. Ya que la filosofía ecológico-espiritual de corte universal y con la Unidad que Manson realmente propugna, tiene tan poco parecido con la fantasía de Helter Skelter del que sus fieles generalmente presumen, esto probablemente supondrá una decepción aburrida para aquellos de mis lectores buscando emociones y escalofríos de sensaciones espeluznantes asociadas usualmente con la mística de Manson.


Esta dicotomía para distinguir el mito de la realidad puede parecer como un procedimiento bien definido. Pero como habréis empezado a sospechar, nada es tan sencillo en el fenómeno Manson. Por cada hecho que aflora de la niebla mitológica, se revela una perpleja pero igualmente posible realidad alternativa.


Por mencionar un ejemplo de esta ambigüedad: no sólo la falsa agenda de los antagonistas de Manson o el pensamiento ilusionado y proyecciones de sus más pánfilos defensores es lo que se interpone en el camino de una comprensión adecuada.


El propio Manson, hay que admitirlo, nunca se ha molestado en hacer entender fácilmente quién es –y eso, también, es una parte importante de este enigmático fenómeno que se debe tener en cuenta. Habiendo sido forzado a interpretar el papel de chivo expiatorio ha disfrutado con una diversión perversa jugando con las proyecciones sobre él, devolviéndoselas a sus acusadores y admiradores por igual, interpretando el papel de villano con todo lo que supone. Incluso cuando los periodistas razonablemente neutrales y parcialmente objetivos le permitieron la teórica oportunidad de exponer su versión de la historia oficial, Manson ha elegido a menudo comportarse ante los relativamente bien intencionados entrevistadores haciendo de poli bueno, como en una comedia iniciática rutinaria.


Presionado para reivindicarse a sí mismo a la luz de sus muchas quejas por habérsele tergiversado y no haber tenido un juicio justo, a veces ha arrojado suficiente luz para leer entre líneas la verdadera naturaleza de los crímenes  de conspiración por los que está acusado. Y el patrón parcial de lo que sucedió realmente ha eclosionado.


Por lo demás, sin embargo, Manson insiste en que aunque le permitan defenderse a sí mismo bajo juramento ante un tribunal, no serviría de nada revelar todo lo que sabe. Sin embargo, cuando algunos de sus amigos y defensores de su causa han intentado poner en marcha la laboriosa cadena de procedimientos legales que hacen falta para un nuevo juicio que tanto dice querer, ha decidido mantenerse al margen. Más de uno de sus aliados han especulado incluso que Manson puede haber aceptado de buena gana un martirio sobre sí mismo por motivos iniciáticos conocidos sólo por él. Otros se preguntan si tiene obligación de cumplir un acuerdo alcanzado con sus aparentes adversarios que requiera un voto de silencio de por vida.


Como veremos, el caso para la acusación fue acribillado con tantos agujeros, fabricaciones y ejemplos de supresión, distorsión y pruebas circunstanciales que incluso la más lánguida defensa podría adquirir fácilmente los indicios de duda razonable requerida para ganar la absolución de Manson. Es más, él y sus co-inculpados tomaron la desconcertante decisión de rechazar su defensa antes de llamar a un solo testigo. Manson ha declarado que desde que el juez se negó a garantizarle el derecho a defenderse a sí mismo, él se negó a seguir con el absurdo juicio por cuestión de principios. En este sentido, Manson permitió al Fiscal del Distrito ganar sin haber tenido siquiera la oportunidad de refutar la versión oficial.


Mientras preparaba esta edición revisada de The Manson File, le pedí a Manson que me proporcionara un comentario sobre alguno de los abusos flagrantes de la justicia de Bugliosi durante el juicio de 1970-1971. Manson se rió.


“Bugliosi lo hizo bien”, me dijo. “Verás, aquí está el secreto. ¿Estás preparado? Esto va a hacer que se te caiga el alma a los pies. OK, ahí va; os engañé a todos. Me condenaron por lo que yo quería que me condenaran, y esperé el tiempo suficiente para volver a crecer en la mente de vuestros niños… Yo no quería que cambiara de idea porque, si lo hubiera hecho, podría haberse dado cuenta de lo que hizo. Me había condenado por ser Dios”.


¿Ha elegido Manson conscientemente el destino que le han impuesto como parte de un proceso iniciático voluntario de auto deificación a través del sufrimiento y deliberadamente desacreditado usando las tácticas de sus acusadores para sus propios fines oscuros y espirituales? ¿Abrazó su condena a muerte sin defensa como una cruz kármicamente necesaria con la que cargar en su camino hacia la resurrección espiritual? No está de más esta pregunta para un hombre que se presenta a sí mismo ante una vista para la libertad condicional como Manson aka Lord Krishna, Jesucristo, Mahoma, Buda” y “Abraxas, el hijo de Dios, el hijo de las tinieblas… el mensajero de Dios desde y en la verdad”.


Aquellos que consideran el fenómeno Manson desde el limitado prisma de lo material y lo racional –o que simplemente derive en un mero entretenimiento perverso desde el que entienden que es una fascinante pero en el fondo anomalía trivial en los anales del “verdadero crimen”– calificarán la auto identificación de Manson con tales seres sublimes y espirituales como los delirios dementes de un megalómano. Pero cometer el error de ignorar las misteriosas dimensiones espirituales del puzle Manson es cerrar la puerta a cualquier comprensión auténtica de los niveles más profundos de este complicado enigma presentado por una figura cuyo nombre, como dicen en uno de sus libros favoritos, es legión.


Junto con los sagrados epítetos listados anteriormente, este elusivo cambiaformas está disperso por otros muchos alias conocidos: Charlie Deere, Chuck Summers, Man Sun Stone Hawk, Bill Thomas, Mac, His Majesty Upside Down, Luther Maddox, William Sargeant Barlett, Riffraf Rackus, The Wizard, The Soul, The Gardener, Count Giordano von Bruno, The Son of Man.


Una desconcertante colección de máscaras que sólo nos puede hacer plantearnos la misma pregunta que el una vez admirador y después Judas, Paul Watkins, preguntó mientras flipaba durante un legendario viaje de ácido en 1968: “¿Charlie? ¿Charlie? ¿Quién diablos es Charlie?”.

[Traducción perteneciente al autor. Todos los derechos reservados ©].


Epílogo



Manson no mató a nadie. De hecho, no está acusado de asesinato sino de “conspiración”, es decir, de mandar matar. Recordemos que los “niños” asesinos del caso Tate-LaBianca eran mayores de edad y, si es que alguien les hubiese pedido matar, eran libres de elegir no hacerlo, es decir, que ellos eran responsables de sus propios actos.



Linda Kasabian obtuvo inmunidad total a cambio de su testimonio. Hoy sigue en libertad como testigo protegido a pesar de que estuvo en Cielo Drive y en Waverly Drive las noches de los crímenes. Manson no estuvo en ninguno de los escenarios y continúa en prisión después de 44 años.



Los medios se refieren a Manson como asesino en serie y asesino de masas con la innata habilidad diabólica de manipular a incautos para convertirlos en sus seguidores. La gente repite continuamente esta historia, no porque lo piensen, sino porque es lo que les dicen que piensen; es lo que les han vendido. Existe una industria del crimen en los propios medios de comunicación que manipula la realidad para extender el miedo y crear mitos terroríficos como el de Charles Manson.



A Manson se le denegó un careo con el resto de acusados y no se le permitió llamar a testigos, a lo cual tenía derecho, según las leyes. De ahí que continuamente en todos sus escritos y entrevistas exija que se le devuelvan sus derechos.



A Manson no se le permitió salir bajo fianza para preparar el caso ni obtener una transcripción del procedimiento judicial.



La corte no hizo lo posible para evitar el sensacionalismo y que se prejuzgara a Manson antes del juicio. De hecho, casi un año antes de la sentencia final, Richard Nixon declaró a la prensa que Manson era culpable.



Manson no estaba obsesionado con The Beatles. De hecho, como él mismo afirma, ni siquiera le gustaban. La suya era la generación de Bing Crosby; de hecho, las canciones acústicas que ha grabado en prisión son de corte folk, algunas de ellas en español. Si hubiese estado obsesionado con The Beatles, su amigo Dennis Wilson, batería de Beach Boys, podría haberlos presentado.



Los medios continúan haciendo dinero con la imagen de Charles Manson, etiquetado de asesino en serie, asesino de masas, manipulador, satánico, el Mal encarnado, músico frustrado, etc. Cada vez que su rostro aparece en los medios es como una justificación de su condena, tomando frases o palabras sacadas de contexto e imágenes editadas para continuar con la farsa del Caso Manson.



A menudo se le acusa de actuar como un loco, de sobreactuar o de estar a la defensiva con los entrevistadores. Manson es una persona inteligente y se ha dado cuenta de que está condenado de por vida por unos crímenes que no cometió, que tiene en contra suya al mundo entero gracias a la maquinaria propagandística del Sistema, por eso la única salida es meditar y tomarse con humor todo lo que se dice sobre él, sin conocerle ni a él, ni a su pasado, ni a sus circunstancias. Si las masas esperan que actúe como un loco, es lo que hace. Cuando está a la defensiva con los entrevistadores como Geraldo Rivera o Tom Snyder lo hace porque es consciente de que no están ahí en busca de la verdad ni para escucharle, sino para hacer negocio con el crimen, para tergiversar sus declaraciones y hacer el juego que el Sistema necesita: el miedo.



Por ejemplo, otro caso atribuido a “La Familia” se dio en 1970, cuando la prensa anunciaba que un grupo de hippies enloquecidos había asesinado a una madre y a sus dos hijas dejando escrito con sangre “el ácido es enrollado, matemos a los cerdos”. Años después se demostró que el asesino fue Jeffrey R. MacDonald, médico militar que decidió acabar con la vida de su mujer e hijas. El miedo es el mejor negocio de los poderes establecidos.



El Sistema no resuelve los problemas, los deja atrás, como diría el filósofo George Santayana. Pero además se lucra del crimen que fomenta a través del castigo.



Manson es un espejo, reflejando una situación y respondiendo ante ella. Lo que digas sobre él, lo dices sobre ti. Si lo juzgas, mientes. Si lo ves, te ves, porque él es un espejo. Charlie es un rebelde, renuncia a los valores y a la moralidad hipócrita impuesta por el Sistema. No encaja en el Sistema porque es un individuo, y las leyes actúan contra los individuos y a favor de las multitudes. ¿Orden, ley, justicia? Palabras biensonantes tras las que se escudan los auténticos criminales.



Manson es el Buda de nuestro siglo. Al despedirse de Geraldo Rivera, le dijo: “podría pedir tu cabeza en una caja si quisiera. No lo haría, sólo digo que podría hacerlo en tanto en cuanto tú podrías hacerlo con la mía”. Como en el dicho tibetano: Si por el camino te encuentras un Buda, córtale la cabeza.


“No paramos de hablar, pero rara vez nos comunicamos”

Charles Manson




Debemos acercarnos al Caso Manson desde nuestra propia perspectiva usando el pensamiento crítico, contrastando fuentes y no dejarnos invadir por el terror que los poderes establecidos infunden en nuestras mentes. Dudar de lo que nos han contado desde hace más de 40 años no significa convertirse en un “seguidor” de Manson, ni en un teórico de la conspiración. Lo que la neolengua orwelliana llama “conspiranoicos” son los auténticos escépticos.



En el caso Manson existe una mayoría de los que se autoproclaman “despiertos” o “escépticos” que toman como verdad absoluta lo aceptado oficialmente y niegan rotundamente, echando mano de la demagogia si es preciso, a cualquiera que ponga en marcha el pensamiento crítico. A los que cuestionan el oficialismo es a los que llaman peligrosos.



La gran pregunta es: ¿habría trascendido un crimen relacionado con drogas si una de las asesinadas no hubiera sido mujer de un afamado director de Hollywood?

Charlie Manson es el amigo de los niños, el Adán u hombre sin infancia, como demuestra en sus recuerdos de cuando tenía 12 años:

Una noche noche de tormenta atravesaba uno de los períodos de soledad de mi vida. Tumbado en la cama, mi tristeza y autocompasión eran tan fuertes que no podía dejar de llorar. Me levanté y fui a la ventana a mirar la noche oscura y lluviosa. Me quedé allí un rato, llorando, deseando una vida distinta a la que estaba viviendo. Al final me arrodillé y le recé a Dios con la emoción más fuerte. Mi oración podría parecer egoísta porque sólo pedía por mí. No pedía riquezas y otras cosas por las que la gente pueda rezar. Pedía que alguien me amara lo suficiente como para necesitarme.


Manson en la actualidad



Charles Manson continúa en la prisión californiana de Corcoran a sus 78 años tras serle denegada continuamente la revisión de su caso y la libertad condicional. Se encuentra sentenciado a cadena perpetua puesto que la pena capital fue abolida en California en 1972.



ATWA, siglas de Air, Trees, Water and Animals, es el movimiento que se encarga no sólo de concienciar sobre la importancia de no destruir nuestro entorno, sino también de informar sobre las inconsistencias del Caso Manson.



¿Y Sabéis qué pasará? Que Manson morirá en la cárcel y al poco tiempo “se descubrirá” que en realidad tenía razón y se cometió una injusticia con él. Y para eso no falta mucho.



Sus leyes construyen cárceles, y su moral, casas de putas. ó﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽no cometiida por unos cr y se ha dado cuenta de que est defensiva con los entrevistadores.o, ellos eran responsables d








Referencias bibliográficas



Manson Direct. ATWA. Official site for the Charles Manson Truth. <www.mansondirect.com> [2013]



Nikolas Schreck. <www.nikolasschreck.eu> [2013]



Charles Manson. Entrevistador: Geraldo Rivera. KCBS-TV. 1989.



Charles Manson. Entrevistador: Tom Snyder. 1981.



Apocalypse Culture. Parfrey, Adam (ed.), 1991. 362 p.



HARE, Robert D. Without Conscience: The Disturbing World of the Psychopaths Among Us, 1993.



LEE, Martin A., SHLAIN, Bruce. Acid Dreams. The Complete Social History of LSD: The CIA, the Sixties, and Beyond, 1994. 384 p.



MARTEL, Frédéric. Cultura Mainstream, 2012. 464 p.



SCHRECK, Nikolas. The Manson File: Myth and Reality of an Outlaw Shaman, 2011. 991 p.

6 comentarios :

  1. MASONIA dijo... :

    Magnífico artículo. El caso de Manson me llamó la atención desde que tenia 18 años,tengo ahora 42,pero siempre hubo algo que me olia mal, la verdad si la gente aplicara el sentido común se daría cuenta de que la respuesta mas simple es la acertada. Pero la gente es reacia a no dejarse tumbar sus mitos,desde siempre me pareció mas que lógico que todo tenía que ver de algún modo con las eternas drogas,todo ese asunto del healter skelter me pareció siempre tan ridículo, y además todas las entrevistas que veía de Atkins,Watson,Kasabian y demás me parecían tan teatrales, como si estuvieran repitiendo un guión aprendido de antemano, casi en todas las entrevistas parece que son guiadas por la persona que las entrevista,como cuidando de que no se salgan del guión.Es cuestión de tiempo que salga la verdad a relucir, necesita transcurrir cierto tiempo para que la gente que pudiera salir afectada o involucrada en el asunto de cielodrive no exista ya para que se pueda hacer una investigación del caso justa.

  1. Efectivamente, como ha dicho Manson en más de una ocasión, es fácil contar lo que sabe y quiénes estaban involucrados (productores de Hollywood, alguna agencia de investigación y un par de familias de la mafia de la Costa Este) pero también es fácil que te maten en la cárcel por soplón (de hecho a él ya lo intentaron matar en dos ocasiones).

    ATWA inició un proceso de reapertura del caso pero Manson declinó colaborar, precisamente porque aún queda gente viva de los involucrados.

    Por cierto, a fecha de 2011 el caso Tate-LaBianca aún seguía abierto, inexplicablemente.

    Gracias por tu comentario.

  1. Unknown dijo... :

    Tengo muchas dudas.... como por ejemplo charles estubo en la casa de los labianca antes de que tex y los demás los mataran?? El crimen no habrá sido algo personal de tex x las drogas q supuestamente vendían sebring y labianca??? Si esto es verdad xq susan katie y van houten acusaron a charles Manson?? Si eran sus " discipulas" hoy ya son 45 años y parece raro que no se le den derechos a Man son!!! Quizás bugliosi este involucrado en todo tambien .... ya nadie de los de la familia apoya a manson creo que solo lynete fromme y sandra good el resto renego..... y es verdad q las golpiaba??

  1. Sí. Según Manson fue a casa de su amigo Harold True, vecino de los LaBianca, cuya casa era una fiesta continua. True había alquilado su casa a otra gente, de modo que fueron a la de los LaBianca, a quienes Watson conocía como cliente de Rosemary que era.

    Supuestamente llegaron todos en un mismo vehículo: Manson, Watson, Atkins, Kasabian, Krenwinkel, Grogan y Van Houten.

    Manson, según sus propias declaraciones, entró "a cagar y a beber algo del frigorífico". Da a entender que Leno LaBianca tenía una agenda con direcciones y teléfonos de varias personas importantes del mundo de la Mafia, Hollywood y los hipódromos y que esto pudo ser uno de los motivos del asesinato, además del contenido de la caja fuerte de la cadena de supermercados Gateway que dirigía Leno. Según la investigación de Nikolas Schreck el caso de los LaBianca pudo ser un "falso robo" que acabó en tragedia.

    El crimen de los LaBianca es seguramente el más extraño. Hay distintas versiones de lo que pudo ocurrir, al margen de la versión oficial de Helter Skelter que no se sostiene.

    Según Manson, la adjudicación de Bugliosi como fiscal se debió a que Leno LaBianca también era italoamericano.

    Los lazos de los LaBianca con la familia Genovese parecen ser ciertos dado que Joel Rostau distribuía su mercancía.

    Vernon Ray Plumlee, uno de los muchos residentes del Spahn Ranch, describe la cadena de distribución de droga en la zona: de Waverly Drive (residencia de los LaBianca) a Cielo Drive (residencia de los Polanski) y de allí al Spahn Ranch (donde vivían Manson y un montón más de gente).

    Al parecer, Watson pudo enterarse durante la conversación con Jay Sebring (antes de matarlo) de que Rosemary LaBianca le vendía mercancía al peluquero y a Rostau, quienes a su vez revendían el producto a Watson, a un precio más elevado, obviamente. Al ver esto como un timo, Watson entró en cólera.

    También se dice que los LaBianca eran informadores del FBI, al igual que Gary Hinman. Leno LaBianca, desbordado por las deudas de juego con la Mafia, habría sido contactado por el FBI como informador a cambio de "protección". De hecho, el LAPD descubrió que el teléfono de los LaBianca estaba pinchado por el FBI.

    Es a causa de esas deudas que se comenta la posible confabulación entre las víctimas y los asesinos para montar un robo falso: las vícitmas dejarían objetos de valor que Watson y los suyos pudieran robar. Tras la denuncia, el seguro indemnizaría a los LaBianca con dinero en efectivo para saldar parte de sus deudas.

    Otros puntos oscuros son que Watson y la hija del primer matrimonio de Leno, Suzan Struthers, habían sido vecinos en Los Angeles. Ella salía con Joe Dorgan, un motero de los Straight Satans; se dice que los moteros fueron los grandes beneficiados de los crímenes (recordemos que a Bausoleil lo pusieron entre la espada y la pared en el caso de Hinman).

    El papel que jugaban los Straight Satans en todo el asunto de la "familia" Manson sigue sin estar claro. Como la visita del 15 de agosto y el asalto al rancho al día siguiente.

    Otro hecho inexplicable es que le grabaran con un cuchillo a Leno la palabra WAR (guerra) en la barriga después de muerto, como si de un enfrentamiento entre familias mafiosas se tratara. Krenwinkel se acreditaba esta "hazaña", pero en su libro, Watson dice que fue él. Aquí, todos los "seguidores" de Manson arrestados y juzgados por los crímenes Tate-LaBianca mentían y se contradecían para salvar el culo de la pena de muerte. Una vez que la pena capital fue abolida en California, empezaron a cambiar sus versiones nuevamente.

    De que las maltratara no hay constancia ni declaraciones. También se ha echado mucha mierda sobre Manson para hacerlo ver como un ser diabólico.

    Recomendamos la lectura detenida del libro de Nikolas Schreck 'The Manson File', una de las investigaciones más profundas sobre el caso Manson. Casi mil páginas de información contrastada que, seguro, nos dejará con más preguntas que respuestas.

    Saludos.

  1. Que tal, hasta ahora este articulo ha sido uno de los mas poderosos que he leído por que conecta diferentes situaciones en mi vida de forma "mágica", como cuando uno piensa de una forma y de repente por razones místicas encuentra a alguien que con los medios, el esfuerzo y la dedicación enriquece y plasma aquello que solo era un presentimiento, me gustaría saber el nombre del autor, para poder seguir este material en español si es posible! se ingles mas sin embargo la lectura en ingles me puede llevar demasiado lento. Este articulo lo he leído de un jalón! impresionante!

  1. Querido Adrián, el autor quiere seguir en el anonimato, por ahora, pero puedes continuar leyéndonos, y gozar de muchos más artículos del mismo, bajo el seudónimo pertinente, claro está. Además de este artículo puedes leer: 11 Meme, Enemigo público número Osho, y otros más, pertenecientes al mismo autor.

    Un saludo.

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