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Relato: Escucha las moscas revolotear





por
Kingur Fiedrich

Un señuelo de dioses arcaicos, señores de las estrellas. Regalo de eones cósmicos envuelto en piel de cabra. Medianoche en la capital de la civilización. Edificios antaño iluminados por los colores de la evolución, ahora moran apagados con los vestigios de ésta. Recuerdos de una noche de verano. Las estrellas brillaban en el infinito, dibujando una carcajada en su superficie rugosa. Era el fin. El fin de todo lo conocido. Un enorme sol vastamente iluminado por las llamas de la purificación, brillaba con intensidad en la infinidad de la noche, recordando la ferviente amenaza que se cernía sobre la Tierra. Muertos se apostaban en el umbral de la salvación, llamando a las puertas devellocino en donde moraban los altos comisionados, nobles carcasas henchidas por la exuberante vanidad. Carcajadas impías se podían escuchar venidas de las alturas. Altos palacios recubiertos por una película de frágil cristal se alzaban imponentes, aún recordando su poder en el crepúsculo de los tiempos. “Nada es para siempre” se podía oír en el viento, como un susurro venido del futuro. ¿Puedes escuchar? Es la muerte llamando a tu puerta, el resquebrajar de huesos marchitos, el rechinar de los pútridos dientes pertenecientes a antiguos comensales; vastas praderas de desechos abiertas al gran público. ¡Venid! Venid a gozar de la gratuidad de los orondos procreadores.¿Hueles ese aroma, que como un veneno se introduce en tus fosas nasales, repudriendo tus entrañas ya corroídas por la efervescente putrefacción?Ahora el campo estaba repleto de cadáveres, muertos que predicaban con el ejemplo de vuestra religión, almas suplicantes por una salvación un tanto denostada. ¿Escuchas? ¿Escuchas las moscas revolotear a tu alrededor? Ese y no otro es el sonido que precede al anunciado final. Vuestra estúpida moralina revestida de santa hipocresía os ha avocado a la tan ansiada muerte. Nada, nada podréis hacer para evitar el viejo destino de la reluciente y tan esplendorosa nueva civilización.
El amor se perdía en una montaña de cocaína, sustituyendo éste por la creciente lujuria que se escondía bajo los icónicos pantalones de una marca olvidada. Una mano recorrió el camino que llevaba a la meta. Sacó el miembro y procedió a agitarlo.Como el descorchar del champán, un chorro de su semilla se vertió por la sucia cara de aquella perra encrestada por una melena color platino.

–¡Oh, Aldo! Qué rico esta tu esperma.
–¡Es la simiente de los Dioses, nena! –exclamó Aldo, orgulloso como un niño de su hombría.
La rubia lo miraba excitada, exultante, como una perra en celo.
–¡Di que sí, Aldo! –exhaló Stuart, animando al pequeño cabrón de Aldo, mientras proseguía follándose el culo de William Windsor–.¡Demuéstrale cómo nos las gastamos en esta ciudad!
–Lástima que tu polla no piense lo mismo –observóRowina golpeando el flácido miembro del pequeñín.
Aldo miró para abajo y cabreado empujó a Rowina, que cayó de espaldas soltando una estridente carcajada.
–No era mi intención ofenderte, Aldo –dijo con un revestimiento de mofa.
Aldo se perdió por el interior del inmenso ático mientras Rowina no paraba de reír.
–¡Ven aquí Owen! –bramó la duquesa– ¡Necesito tu polla!
–Qué mala eres Rowina –inquirió tranquilamente Stuart.
Ésta no pudo más que volver a reír. Owen se preparaba para empezar a penetrarla.
–¡Odio a esa zorra de Rowina! –comentó Aldo.
En la cocina, el viejo Ben Weissman se encontraba esnifando cocaína, mientras su hija le chupaba la polla como si se tratase de una profesional. Karen era una delicada criatura de unos 16 años. Ben la había concebido ya mayor. La pequeña era la viva imagen de su madre, la espectacular Sarah Weissman.Su piel bronceada por el intenso sol de Malibú, resplandecía por los tenues rayos de sol que se colaban en la habitación, otorgándole un aura digna de una diosa; sus ojos color esmeralda harían volverse loco al más casto de los hombres, y sus esbeltos muslos volvían a hacer recobrar de una fuerza viril la entrepierna de Aldo.
–No te desalientes, Aldo. Estamos aquí para pasárnoslo bien, hay muchas mujeres y hombres, tienes suficientes agujeros para introducir tu polla –tranquilizándole–. Y además no sólo de follar vive el hombre –se quedó un rato pensativo–. ¿A quién quiero engañar? Vivimos por y para el sexo, aparte del dinero y el poder, claro. ¡Que le den a esa bruja! Es bien sabido que es una ninfómana empedernida.
Aldo rió un poco más tranquilo y, con un gesto de la cabeza, pidió permiso a Ben.
–¿Puedo? –preguntó timorato.
–¡Claro! Faltaría más. Ya sabes que lo mío es tuyo, Aldo.
El hombrecillo cogió las turgentes posaderas de la delicada Karen, llevándolas a la altura de su cintura, escupió en su miembro y lo introdujo en el suave agujero de la chica. Karen soltó un pequeño sollozo de dolor, pero tan pronto como la molestia remitió comenzó a sentir un placer intenso que le llevó a lanzar unos sordos gemidos, impedidos por la creciente prolongación de su padre, que poco a poco se expandía en su boca.
–Qué bello es todo esto –reflexionó Sarah Weissman–. Es precioso ver cómo las siluetas de los edificios se pierden en el atardecer, consumidos por la púrpura estampa del cielo condensado.
–Tus palabras sí que son bonitas –contestó con alago Thomas Williams III.
–No seas crío, Tom. No estamos aquí para enamorarnos.
–¿Y por qué no? –dijo Thomas llevado por la pasión.
–¿Sabes qué es lo que nos diferencia de aquellas personas de allí abajo? – prosiguió la señora Weissmandesoyendo su pregunta.
–Ahora mismo eso me importa poco. Y para serte sincero no creo que me importe nunca.
–Tampoco tendrás mucho tiempo para llegar a preocuparte por ello.
–Así lo creo, por eso he llegado a la conclusión de que ya no tengo nada que perder. Te quiero Sarah. Te he querido siempre, desde la primera vez que nos vimos.
–No me hagas reír Tom –contestó la señora Weissman con falsa incredulidad.
–Lo digo en serio, Sarah. No te rías de mí. Estoy harto de todo esto.
–¿De veras? ¿Entonces qué haces aquí? ¡¿Qué haces aquí con nosotros?! ¿Todavía tienes qué mantener tu estatus social?
–He venido por ti.
–¿Por qué ahora Tom? ¿Por qué no dijiste lo mismo aquella noche enRitchmond? –inquirió la señora Weissman.
–Tenía miedo…
–¿Miedo de qué?
–De perderlo todo…
–Maldita sea Tom, ¿qué esperas que te diga? –el rostro de Sarah se quedó compungido por un dolor soterrado hacía mucho tiempo en su corazón. Sus ojos de ángel impedían expulsar las lágrimas que su corazón derramaba como una brava catarata–. Perdiste tu oportunidad. Ahora deberías ser un hombre y aceptar las consecuencias de tu decisión.
–Pero Sarah…
La señora Weissman salió con paso calmo del balcón, dejando a Thomas Williams III con sus pensamientos.
Allí, esculpida por el más bello de los mármoles descansaba el alma de una verdadera mujer. Sus más profundos deseos se perdieron hace años por el sumidero de la inmundicia. Ahora ella tenía que acatar el juicio de los seres supremos. Eso lo sabía bien Thomas, que se maldecía por su cobardía. La avaricia y la codicia de un corazón joven habían impedido gozar de felicidad a un corazón algo más maduro. Ahora tendría que desahogar sus impulsos con la lujuria de aquella bacanal, que descansaba al otro lado de la cristalera. Al menos aquello era lo que le insinuaba su efervescente lívido. 
El salón profería una estampa propia de una orgía de la antigua Roma. Su decoración de estilo art decó conseguía una atmósfera señorial en la sala. Una serpiente de cuerpos se agitaba con fervorosos espasmos, imbuida por frenéticos deseos de pasión. Un río de licor bañaba los pies de los participantes, refrescando sus ardientes cuerpos. Se podía escuchar como un murmullo de placer recorría la sala orquestando la dantesca escena. La noche comenzó a caer sobre sus cabezas, pero no con ella la oscuridad, ya que un enorme sol, más radiante si cabe que el astro rey, amenazaba la ya corta existencia que le quedaba a la Tierra.Iluminaba los rostros de todos, desencajados por el apasionado esfuerzo. Thomas se deslizó entre todos ellos buscando un lugar en el que aposentarse. Una mano le agarró.
–¿Adónde vas pequeño? –era Rowina Windsor–. A mamaíta le pica aquí –dijo llevando la mano de Thomas a su coño–, y necesita que lo acaricies –Thomas dejó hacer a la mujer–. Muévete, mueve los dedos como es debido.
Thomas apartó la mano.
–¡¿Adónde vas, cabrón insípido?¡ –gritó Rowina.
–Lejos de ti, ¡zorra asquerosa! –exclamó Thomas.
Thomas se llevó los dedos a la nariz, éstosdespedían un penetrante hedor a puta británica.
      –Un escocés –pidió.
La barra de la sala estaba vacía. Solos él y el espalda mojada, que servía las copas únicamente ataviado con un taparrabos, seguramente perteneciente algún estúpido culto arcaico. Allí, apostado en aquella exuberante barra de roble, observaba cómo se desarrollaba el primigenio ritual. Rowina no paraba de gemir como una cerda mientras las fuertes sacudidas de Woody Parsons golpeaban su trasero.Qué pronto había encontrado un sustituto para los dedos de Thomas. A su lado estaba Lord Windsor, que no apartaba la vista de su lasciva mujer, ni que decir tiene que ni de su raquítico miembro. Un orgullo para la Corona. Al fondo, junto a las enormes cristaleras, se encontraban el ejemplar matrimonio Friedkin,Eloísa y Howie; así es como lo llamaba su querida esposa. Thomas no podía evitar reírse cada vez que lo oía, siempre se le venía a la cabeza un jodido perro faldero ataviado con un tutú rosa. Éstos decían pertenecer al estirpe de los Kennedy, no sé qué de algún que otro lazo sanguíneo que les permitía formar parte de tan selecta familia de difuntos. Ella cabalgaba arriba y abajo, con pequeñas succiones de polla,su marido no dejaba de poner gestos raros, como si estuviera a punto de cagarse. Eran los “selectos” o así se les llamaba entre aquellos snobs de Nueva York, ya que la única polla que podría entrar en el “selecto” coño de Eloísa era la “selecta” polla de Howard, y viceversa; no en vano entre aquella jauría de swingers era un sacrilegio no compartir los bienes conyugales.Perono importaba, mientras el poder y el dinero estuvieran de por medio, todo se dejaba pasar entre las altas esferas de hediondez elitista. Y allí seguían, sacudiéndose en impúdicas genuflexiones delante de todos los invitados. Thomas acercó su vaso a la boca e ingirió el licor. Amargo fluido vital. Esperaba poder soportar todo aquello hasta que llegara el final. Para un caballero del Sur como él no era agradable el espectáculo que estaba presenciando. <<¿Pero qué esperaba?>> se dijo; ya había estado en algunas “reuniones” de estos energúmenos. Debería saber cómo se las gastaban. Fornicando, bebiendo, drogándose…
–Hola hombretón, ¿qué haces aquí tan solo? –preguntó la hija de los Weissman interrumpiendo sus pensamientos.
Era la viva imagen de Sarah, pero ésta estaba desnuda ypodía ver suspequeños pero bien formados pechoscontorneándose arriba y abajo, y su delicada flor ya despojada de toda ingenuidad. Dios, sólo era una cría. Debía apartar esos pensamientos de su cabeza, pero se parecía tanto a Sarah.

–¿Qué es lo que quieres? –contestó taciturno.
–Te he visto aquí tan solo y triste, y he decidido venir a hacerte compañía.
–Pues te equivocas…
–¡Vamos! –prosiguió la joven–,un hombre de tu presencia, aquí sentado, bebiendo solo, sin estar desnudo, mientras allí enfrente –señalando el centro del salón– copulan como conejos. Venga, no me digas que no te pasa nada. Deberías estar disfrutando de la fiesta.
–¿Qué fiesta?
–¿Lo ves? Estás apenado –dijo imitando unos pucheros–, ya me dijo mi madre que eras un poco parado.
–¡¿Tu madre?! –exclamó confundido.
–¡Sí! Mi madre.
–¿Qué sabrá ella?
–Ella sabe muchas cosas.
–Sí…muchas cosas –murmuró Thomas.
–Además, me dijo que tienes una polla preciosa, y me gustaría verla.
–¡¿Qué!?
–Vamos, no te pongas así o harás que me ponga triste –emitió un sollozo–, venga ven –estiró la mano hacia Thomas, pero éste no le hizo caso, sus ojos se perdían en el horizonte, y su mente se hundía en un mar neblinoso intentando comprender–. ¿De veras piensas que mi madre sigue siendo una dama del Sur? ¡No seas ingenuo! Se la ha tirado la mitad de Nueva York –una grotesca imagen invadió la mente de Thomas, que vio cómo su querida Sarah sucumbía ante todas las pollas de la vasta urbe.
–Cuando dices la mitad de Nueva York…¿te refieres a los que están arriba? –preguntó, saliendo de su trance.
–¡Claro! ¿A quién si no? Oh –soltó una carcajada burlona–, no creías que lo habría hecho de verdad con la mitad de la ciudad. Eres un poco ingenuo para tu edad, Tom.
¿Cómo lo había llamado? “Tom”, así es como lo llamaba Sarah.
–Además, no pensarías que mi madre se podría acostar con alguno de esos millones de andrajosos que pululan por allí abajo.
–No, claro que no.
–¿Quieres venir? –la joven volvió a tenderle la mano.
Esta vez sí la cogió. La muchacha lo sacó de allí y se lo llevó al interior.
Melodía sensual. Vientos henchidos de lujuria desenfrenada.
–Eh, Rodrigo –llamó Owen.
–¿Es a mí? –contestó el sirviente.
–¿Ves algún Rodrigo más por aquí?
           -Pero excelentísimo señor, yo no me llamo Rodrigo –dijo excusándose.
–¿Ves que me importe? Anda lléname el vaso –le tendió el vaso para que lo llenara.
–¿Qué es lo que desea?
–¿Cómo? ¿Cuánto tiempo llevas sirviendo, Rodrigo?
–No me llamo Rodrigo, señor –repitió el sirviente.
–¡¿Es qué no vais a aprender nunca?! –inquirió el exultante galán de origen inglés estampándole el vaso en la cara al sirviente, que cayó de bruces, postrando su cara en la superficie de la barra–. ¡Ahora te vas a enterar, maldito espalda mojada! –prosiguió Owen.
Se desplazó tras la barra, levantó el taparrabos del atontado sirviente y cogiendo su miembro, comenzó a sodomizarlo al grito de “¡Viva México!”.
–¡Dale caña, Owen! ¡Demuéstrale a ese perro cómo se trata a un amo! –berreó Stuart Carpenter que pasaba por ahí, seguido de un mini trenecito de pollas y coños exultantes. Formado por los “Selectos”, Lord Windsor, Rowina, Lady Austerchraft, y el propio Stuart, que se erigió como maquinista, y encargado de hacer circular la pérfida locomotora.
Stuart hacía como si tocara la maldita bocina del tren. Estridente sonido que se mezclaba con la voz de Vera, conformando una psicodélica melodía. El tren hizo una pequeña parada frente al lavabo. Allí defecaron en grupo, ante la asqueada mirada de una sirvienta, a la que hicieron inclinarse para que degustara aquel manjar salido del culo de los Dioses terrenales. Lady Sofia de Austerchraft cogió la escobilla del váter y la introdujo con un golpe seco en el culo desprotegido de la sirvienta. La sangre comenzó a deslizarse por las carrilleras, goteando en el suelo. La sirvienta cayó con la cabeza hundida en la mierda, aullando como un perro. El tren continuó su marcha a carcajadas.Y el tren se desplazaba, componiendo un todo. Cuerpos amasados, sudorosos, unidos por la erección. <<Chu-Chuuuuuuuu>> canturreaba llamando a lo salvaje. El ser que habitaba en su interior agazapado, esperando salir y dejarse llevar por el más fiero de los instintos, había desgarrado las entrañas de los pasajeros, imbuyéndolos en un mar de ilimitado placer. El tren siguió y siguió, perdiéndose por el horizonte infinito que ocultaba aquel ático en la cima más alta de Nueva York. 


  
Karen y Thomas escucharon el murmullo de una locomotora pasando a su lado. La habitación estaba a oscuras. Thomas se encontraba nervioso como un colegial. Dejó a Karen llevar las riendas de la situación. Ésta, aceptando de buena gana su papel, comenzó a desvestir al sureño. En poco tiempo lo dejó totalmente desnudo. Pasó la mano por su miembro, era suave y delicada. Thomas notaba cómo la excitación se apoderaba de él, traduciéndose en una leve erección. La chica soltó una risita.
–Es verdad que tienes un pene muy bonito –dijo.
–¿Debería estar agradecido? –contestó con ironía.
–No, por eso no, pero sí por lo que voy a hacer ahora –notó una sensación húmeda, y cálida. La chica había metido la polla de Thomas en su boca, y con esmero y dedicación lamía el miembro que crecía por momentos. Acariciaba las pelotas de éste, como si fueran pequeñas bolas que se pasaba de una mano a otra. Succionaba. La saliva se derramaba por el tronco fundiéndose con la precoz secreción del miembro. 

Paró. Thomas intentó tragar. Pero su boca estaba seca. 

La excitación hacía mella en su cuerpo. Se había puesto a tono. La chica lo miraba excitada, sabiéndose dueña de aquel hombre apenado. Las mujeres de Ritchmond habían conseguido hacerse con su corazón; no sólo eso, con su alma, todo su ser les pertenecía ahora, tanto a la madre como a la hija. “¿Cómo un hombre como él había podido caer tan bajo?” se preguntaba, yaciendo en la cama con una cría. A la que doblaba en edad.
–¡Ya estoy! –gimió Karen.
Cogió el pene y fue introduciendo poco a poco, con pequeños movimientos de cadera. Ahora la sensación de calidez era más intensa. Las manos de Thomas fueron a parar a los pechos de la chica, que se erguía envuelta por el éxtasis de penetración. Sentir aquellos pechos en su mano le devolvió las ganas de vivir, y por primera vez en mucho tiempo comenzó a temer a la muerte.
–¡Sammy! –saludó Owen.
Las puertas del ascensor se abrieron. Allí en su interior, con aire de superioridad, estaba Samuel Bernstein. Las canas asomaban por las sienes. Sesenta años bien llevados. Una vida plena de lujuria y poder.
–Hola, mi querido Owen. Veo que has venido –observó mientras bajaba con cierta clase.
–¿Y por qué no iba a venir? Sabes que no me lo perdería por nada del mundo. Por cierto, tienes una casa espectacular.
–Gracias, me gusta que te guste –había llegado a la altura del inglesucho, y con cariño cogió su mentón y le estampó un beso. En ese momento los sirvientes se acercaron rindiendo pleitesía a su señor. Éste, con un ademán de las manos, los apartó. Como si de un rey se tratase éstos se arrodillaron implorando su bendición.
–Veo que los tienes bien enseñados –espetó Owen mientras engullía el viejo coñac.
–Así es, son animales de compañía, si no los educas bien pueden mearse en cualquier esquina y luego, ¿quién tiene que limpiarlo? –ambos estallaron en carcajadas.
–¡Oh! Sammy querido, ¡has llegado! –Rowina se acercó. Sus pechos se movían llevados por la gravedad, danzando en una imaginaria danza de fecundación.
–¡Querida! –exclamó el señor Bernstein arropándola en su seno–. Veo que sigues manteniéndolas firmes –tocando los pechos. 

Rowina lanzó su mano a la entrepierna del señor Bernstein.

–En cambio tú has cambiado.
–Querida, ya he descargado antes.
–No pierdes el tiempo –comentó lady Windsor.
–Veo que tú tampoco –observó “Sammy”.
–Por cierto, ¿dónde está Mary?
–Abajo. Le tiene mucho cariño al señor Parsons –Bernstein apartó a Rowina y se dirigió al centro de la habitación, los sirvientes le seguían, limpiado con sus arrastradas lenguas el suelo donde pisaba–. ¿Dónde están los demás? –preguntó.
–Por ahí dentro –contestó Owen. Embriagado.
–Pues que vengan, ¿por qué no salen a recibir a su anfitrión? ¡Tráelos aquí! –ordenó a uno de los sirvientes.
Al rato aparecieron los que faltaban. El tren había dado paso a una estampida de búfalos. Stuart montaba como un cowboy al sirviente. <<Yihaaaaaaaaaaaaaa>> gritaba mientras golpeaba con la palma de la mano el culo desnudo del criado. Stuart desmontó y se acercó a saludar al señor Bernstein.
–¡Samuel! ¿Has visto qué montura? –señalando al mozo–, no es un pura sangre, pero sabe cómo galopar.
–Ya veo –mostrado un gesto contrariado–.¿Qué estabais haciendo?
–¿Cómo que qué estábamos haciendo? Pues divirtiéndonos, eso es lo que hacíamos.
–Sam, estás guapísimo –interrumpió Lady Sofia.
–Lady Austerchraft, es un placer volverla a ver.
–Venga Sammy, vamos a tomar algo –añadió Owen, acercándose al grupo y agarrando el hombro de Samuel.
–Los Friedkins –soltó Samuel Bernstein–. ¿Aún seguís siendo tan selectos?
–¿Cómo? –dijeron confundidos. 

Todos rieron, salvo los Friedkins claro. 

–Esperad, ¿dónde está Aldo?
–No lo sé –dijo Staurt.
Bernstein se alejó del grupo y se internó en la casa. 

Sarah Weissman chupaba la polla de Aldo mientras su marido la penetraba sin ninguna delicadeza. Ella parecía disfrutar. Agarraba con firmeza el pequeño miembro de Aldo. Éste la miraba mordiéndose los labios. “Así, sigue así putita”. Decía. La cuarentona aún gozaba de una explosiva sensualidad.
La puerta se abrió. Bernstein apareció en el umbral y entró con firmeza.
–¡Aldo! Viejo cabrón –saludó exuberante.
Aldo se dirigió hasta donde se encontraba Bernstein, sacando bruscamente la polla de la boca de la señora Weissman, que se quedó con su miel en los labios. Se unieron en un confraternal abrazo.
–Cuidado, vas a manchar mi traje –espetó Bernstein.
–¡Sam! Joder. Menuda fiesta has montado.
      - Lo mejor para mis amigos –añadió.
Los Weissman seguían a los suyo.
–Hola Sam –saludó Weissman, sin parar de agitar con fuertes sacudidas el culo de su mujer.
–¡Ben! ¡Sarah! Seguid a lo vuestro. Aldo y yo tenemos cosas de que hablar.
–¡Espera, Sam! Estoy a punto de correrme, ¿no me dejarás así?
–Está bien –sucumbiendo–, pero yo lo haré.
–Por mí vale –contestó conforme el hombrecillo.
Bernstein agarró la polla de Aldo y le hizo una paja. Una vez corrido se largaron, dejando a los Weissman terminar en solitario.
Llegó la medianoche y los invitados se dispusieron a comer algo. Una gran mesa de mármol cruzaba el salón principal, abarrotada de glamurosas copas de cristal y un sinfín de candelabros que iluminaban más si cabe la ya iluminada habitación. Todos los allí reunidos estaban dispuestos en sus asientos, ante ellos al fondo de la misma, presidiéndola, se encontraba Samuel Bernstein, flanqueado por su mujer, una rechoncha de pelo grisáceo, y una niña pelirroja. Los criados repartían las raciones entre los comensales; carnes de todo tipo, frutas y verduras, aderezados con todo tipo de estimulantes.Un festín digno de reyes.Algunos de los comensales, como Lady Austerchraft, se permitían la licencia de probar los suculentos entremeses que portaban los mozos y mozas. Ni qué decir tiene que era una gran aficionada a las pollas morenas. Todos reían, gozaban y se estremecían con las historias que contaba su anfitrión. La pequeña pelirroja no paraba de llorar. Cánticos de lujuria entremezclándose con los sollozos de la niña. Una evocadora melodía de arcaicas premoniciones. Deseos encontrados. Madres, padres, hijos, amigos, todos eyaculaban sus instintos. Y Bernstein hablaba y hablaba.
–Sí, los mares engulleron la ciudad y con ella se llevaron al pobre diablo de Benjamin. Ya sabemos todos de su suerte–risas-. Pobre, lo intuía. Ya le dije que no fuera, pero quería traer a sus padres. No pude convencerlo –sentenció burlonamente.
–Querido, no seas tan malo –reprendió llena de ironía la señora Bernstein.
–¿Malo? ¿Por qué? Sólo digo lo que vi. Menos mal que el helicóptero salió con tiempo de sobra, sino, nosotros también hubiéramos sido arrastrados por la gigantesca ola.
–Tuvo que ser espectacular, con toda esa gente muriendo y los edificios derrumbándose  –comentó Rowina excitada aún más si cabe.
–La verdad es que fue muy emocionante –contestó Bernstein, acariciando el muslo desnudo de la condesa de Windsor–, era espectacular escuchar cómo rugía el agua y un tenue murmullo que luchaba por oírse entre el maremágnum de agua, carne y edificios. Fue algo aterradoramente bello. Como un cuadro de Blake… ¡No! más bien como uno del Bosco, ¿sabéis a lo que me refiero?
–Más o menos –dijo la duquesa.
–No, creo que no podréis haceros una idea hasta que lo tengáis salpicando en vuestras narices.
–Bueno, a lo que importa –saltó Owen–. ¿Cómo te fue con el huésped?
–Ah, el huésped. La verdad es que no fue mal, nos reímos un buen rato, me contó ciertos rumores que se podían escuchar por los pasillos de la blanquita.
–¿Rumores? –interrumpió lady Austerchraftsacándose de la boca la polla de uno de los sirvientes. El “pobre” estaba a punto de correrse cuando la conversación se puso interesante para la “dama” del mediterráneo.
–Sí, algo de un nuevo gobierno. Aún cree que intentan despojarlo del trono –rió.
–¡Menudo imbécil! –insultó Owen.
–Vamos Owen –dijo Howard Friedkinincorporándose a la conversación–, ¿qué esperas de un tipo del Sur? Son como niños, unos pequeños cabrones ingenuos.
–Sí, ingenuos –repitió como un loro su mujer.
–Él cree que podrá sobrevivir al final.
–Lo que yo decía, un jodido iluso –bramó Owen.
–De hecho lo es, pero también sabe cómo divertirse. Estuvimos viendo unos vídeos, bastante enriquecedores por cierto. Me enseñó cómo se lo montaba su delicada esposa con una jauría de negros lujuriosos. Nos la estuvimos meneando durante un buen rato.
–¿Y cómo trabaja la primera dama? –preguntó excitado Stuart.
–La verdad es que sabía cómoorquestar a la manada de salvajes.
–Como yo siempre he dicho, a la perrita tejana le gusta el mestizaje –dijo Lady Austerchraft.
–Mira quién habla –espetó Owen.
–No puedo evitarlo, necesito algo que echarme a la boca…
–Pues aquí tienes algo –contestó el inglés con un gesto de la pelvis. La realeza del Mediterráneo se lanzó a degustar el postre–. Debo añadir… –dirigiéndose a los demás– …pagaría por verlo, aunque eso no es decir mucho.
–No para ti, querido –espetó Rowina.
–¡Eres una bruja!
–Recuérdamelo cuando tenga tu polla en la boca, Owie querido.
–¿Y a que no sabéis de qué me enteré más?
–¿De qué? –dijeron al unísono.
–Adoro este momento de incertidumbre –dijo frotándose las manos y con una lasciva sonrisa.
–Venga, cuéntalo ya –espetó Aldo.
–Vale, allá va. Israel ha arrasado Oriente Medio.
–¡Que les den a los morenos del turbante! –exclamó Owen entre aspavientos.Lady Austercharft casi se ahogó.
–Por fin se han atrevido… –dijo Aldo.
–Lástima que ya no os sirva para nada –comentó Rowina.
–Sí, una lástima. Teníamos muchos intereses en aquella zona.
–¿Y cómo fue? –se interesó 
–Bueno, según entendí un hombre les convenció para ello. Un tipo que se cree el mesías.
–¡Joder! –dijo Aldo–, lo que hay que oír.
–Otro loco más al saco de los perturbados de los últimos días –comentó Stuart.
–No creo que esté tan loco cuando los convenció para llevar a cabo una guerra –observó Rowina.
–Deberías conocerlos.
–¿Quién dice que no los conozca? Mi marido ha llevado muchos negocios con esa gente, ¿verdad, William?
–¿Qué? –el duque de Windsor era el único que parecía disfrutar de la comida, en vez de las drogas y el sexo–. Lo que tú digas, querida.
La duquesa resopló –estúpido–, murmuró.
–No importa, loco o no, el caso es que lo han hecho. Y aunque no podamos aprovecharnos de la situación, he de decir que me divierte ver a esos vagabundos del desierto tragar arena.
–Estoy contigo –dijo Aldo.
Alzaron sus copas y brindaron por el fin.
–Por cierto Bern, ¿quién es la muñeca? No nos has dicho nada –preguntó Aldo.
–Oh, es verdad. Aunque quería sorprenderos, Mary se empeñó en traerla.
–Es que es una ricura –dijo Mary, agarrando con su arrugada mano los mofletes de la pequeña.
–Sí, tienes razón. Pues eso, la encontré vagando por los suburbios de la capital. Como sabéis, Mary no pudo tener hijos y decidí hacerle un regalo. Además nos vendrá de maravilla para mañana.
–Quiero a mi mamá –sollozaba la pequeña.
–Pero nena, tu mamá se ha ido. Te ha abandonado.
–¡No es verdad! –gritó la niña, y continuó llorando.
–Niños –murmuró Samuel Bernstein.
–¿Para qué la has traído, Sammy? –preguntó Owen.
–Oh, tengo planes para ella –haciéndose el interesante–, y para nosotros claro, es una pieza importante de la fiesta. Incluso me atrevería a decir la que más.
Karen y Thomas yacían abrazados en la cama. La luz seguía apagada.
–Voy a salir fuera –comentó Karen–. ¿Vienes?
–No, quiero estar un rato a solas.
–Está bien –contestó la muchacha.
–¡Espera! –la detuvo Thomas.
–¿Qué quieres?
El hombre del Sur dudaba, titubeaba, tenía miedo.
–¿Qué haces aquí?
–¿Cómo que qué hago? Estoy con mi familia.
–Pero sólo eres una niña –se quedó esperando una respuesta tranquilizadora.
–No soy ninguna niña, soy una mujer. ¿Si te refieres que por qué dejo que me folléis? No pienses que me obligan ni nada de eso, quiero a mis padres y me encantan. Y lo que es más, adoro follar. No te creas que eres especial, Tom. Sólo eres uno de tantos.
Karen se levantó y salió de la habitación, dejando a Thomas solo con sus pensamientos. Negros y oscuros sueños. No debía engañarse, él sabía quién era, no era más que otro de aquellos reptiles.
–¡Karen!
–¡Señor Bernstein!
–Ven aquí pequeña –la joven se posó sobre sus rodillas–, por lo que puedo notar ya no eres tan pequeña. Te has convertido en toda una mujer.
–Tengo dieciséis años –sentenció Karen.
–Bonitos dieciséis años. ¿Dónde estabas escondida?
–Con Tom –contestó–, en una de las habitaciones.
–¿Tom?
–Sí, Thomas Williams –contestó la joven.
–¡¿Está aquí?! –preguntó sorprendido.
–Está dentro –señaló Karen.
–¿En qué habitación?
–Al fondo, la segunda a la izquierda.
–Disculpadme.
Samuel Bernstein salió despedido hacia el interior de la casa. En su mente fluían muchos pensamientos, pero uno de ellos destacaba sobre el resto. La sonrisa de un muchacho del Sur. Una sonrisa que jamás olvidaría.
–Karen, ven aquí y come algo –le dijo Rowina.
La joven se acercó a la mesa. El estómago le crujía. Estaba hambrienta. Antes de que se dispusiera a hacerse con alguno de los manjares de la mesa fue interrumpida por Rowina.
–Me refería a mí, pequeña –soltó una grandilocuente carcajada, que se contagió al resto de la mesa–. Es broma muchacha, puedes comer –aquello no le sentó nada bien a la preciosa joven, que lanzó una mirada de odio a la duquesa. 
 
La puerta sonó, una tenue llamada, como un delicado toque en la madera. 

–¡Adelante! –dijo Thomas. El señor Bernstein entró.
–Hola Thomas.
–¿Señor Bernstein? –se sorprendió. Incorporándose de un salto.
–¿Por qué no has salido a recibirme, Thomas?
–No sabía que hubiera llegado. Perdóneme
–No pasa nada –Bernstein se sentó junto a él.
–Señor Bernstein…
–Llámame Sam, creo que tenemos la suficiente confianza para tutearnos, ¿no crees Thomas? –le puso la mano sobre su rodilla. Golpeándola con pequeñas palmadas.
–Sam…esto no es Virginia, y yo ya no soy aquel joven al que sus padres obligaban a comportarse con sus invitados–su mirada se tornó turbadora, el rencor emergía a la superficie, los recuerdos brotaban en su mente.
–¿De qué estás hablando?
–¡Sabes a qué me refiero, maldito pederasta! –Thomas se levantó hecho una furia.
–Tranquilo querido.
–¡Tranquilízate tú!
–¿Pero a qué viene esta estúpida reacción?
–¡Viene a que no voy a dejar que me metas tu asquerosa polla otra vez! Viene a que estoy harto de todos vosotros. ¡Sois como siseantes serpientes que se acercan con sigilo a su presa hasta que la atrapan! Destruyéndola por dentro.
–Qué poético. Jamás pudiera haberlo definido mejor.
–¡Calla! ¡Deja ya tus falsos modales! Conmigo no hace falta que actúes hijo de perra. Sé perfectamente quién eres. No eres más que otro perturbado como todos los de allí fuera –dijo señalando el exterior.
–Ja, ja, ja. Mi pequeño Tommy. Que confundido estás. ¿Acaso te crees diferente a nosotros? –hizo un gesto de negación con la cabeza–.Deberías tomar ejemplo de la pequeña Karen. Ella sabe cuál es su lugar.
–Ella sólo está engañada por vosotros.
–Pobre iluso. ¡Despierta de una vez! Acéptate.
–¡No soy como vosotros! ¡No vuelves a compararme!
–Sí, lo eres, eres igual que nosotros. No te crees mejor, porque no lo eres. ¡Eres otra serpiente!
–¡Calla!
–¡No! ¡Calla tú! Y ahora agáchate y ¡cómeme la polla como sabías hacer!
–¡Jamás! –apartó a Bernsteinde un empujón y salió por la puerta. Invadido por la rabia.

A lo lejos se podía oír gritar a Bernstein<<¡Vuelve!>>, <<¡Éste es tu sitio!>>. Thomas corría por los pasillos, la rabia amedrentaba el dolor. Todo lo que se interponía en su camino perecía ante su furia; jarrones, mesas de caoba, extrañas esculturas que yacían en grotescas posturas. Llegó al salón. Los invitados habían empezado ya con los postres agasajados con el jadeo que producía el glorioso placer. Los espejos teñidos de vaho, daban testimonio de esto. Una lujuria de cuerpos imbuidos por la fuerza de los narcóticos. 
 
–¡Thomas! –gritó Karen al verlo pasar, pero éste no se detuvo. Sólo pensaba en salir volando.
Abrió la puerta corredera que daba al balcón.
–Thomas ¡No! –gritó la joven al darse cuenta de qué se disponía a hacer.
Sin detenerse, Thomas Williams III saltó al vacío,despidiéndose con algo de antelación de este mundo. Un mundo que sólo lo había obsequiado con dolor.
–Alguien ha decidido dejar antes la fiesta –observó Aldo.
–¡Menudo imbécil! –comentó Owen.

Karen lloraba en la habitación, escondida de los ojos de los demás. No quería mostrar su fragilidad ante los otros. La frialdad reinaba en la sala ya que, como si nada hubiera ocurrido, continuaron con lo suyo. Risas y gemidosbañados con el elixir de los Dioses y acompasado por las órdenes del director, Samuel Bernstein, que se desahogaba en la acogedora vagina de Lady Austerchraft.

La señora Weissman fue a consolar a su niña. La abrazó, hundiéndola entre sus senos desnudos.
–¡Madre!
–¿Sí, pequeña?
–¿Por qué lo ha hecho?
–No lo sé. Thomas era así. Un romántico, un caballero ingenuo y un impetuoso, pero era un cobarde. Jamás pensé que sería capaz de tener valor para hacer algo así.
–¿Lo querías?
–Hubo un tiempo en que sí. Lo quise con toda mi alma, pero…
–¿Qué paso?
–Su cobardía venció…el resto es historia –deslizó su mano y le lanzó una mirada llena de cariño–. Dejemos de hablar de Thomas, no lo merece. Era un inadaptado. Nunca se aceptó y sobretodo nunca nos aceptó a nosotros –Karen la miraba con lágrimas en los ojos–. No llores por él, es una pérdida de tiempo –Sarah limpió las lágrimas que brotaban de sus ojos–. Ya sabes que no tenemos mucho tiempo.
–Madre, tengo miedo.
–Cariño, no, no –Karen lloraba inconsolable. Sarah la apretó con más fuerza si cabe–. No debes tenerle miedo al final. Sólo es un escalón que debemos superar.
–Es el final, moriremos y nunca más volveremos a estar aquí.
–No hables así y aleja esos pensamientos. Debemos disfrutar lo que nos queda. Pensar así es de débiles. Y nosotros somos más que eso. Karen, tú desciendes de la realeza europea. Eres una noble y debes comportarte como tal.
–Lo sé, pero mañana será el último día y no sé si estoy preparada.
–Claro que lo estás, eres mi hija. Eres fuerte.
–Madre, tenía un pene muy bonito.
–¿Quién? Oh… es cierto, era precioso y muy útil.Tuvo la suerte de yacer con una Diosa antes de su final. ¿Verdad?
Su madre comenzó a acariciarle el pecho. La joven se resbaló por las sábanas llevada por la excitación. La madre continuó, pero esta vez Karen se sumó, dándole placer a su madre entre las piernas. 

La noche pasó llegando tras ella el amanecer. Las cristaleras dejaban entrar los esperanzadores rayos del sol. Se pudo escuchar un estruendo a lo lejos. La ciudad se estremecía. Los cambios agitaban las erguidas estructuras.
–Me corro, me corro, ¡voy a correrme! Ahhhhhhhhh, me corrí–Aldo agitaba su miembro en la cara de Stuart–. ¿Te ha gustado?
–No ha estado mal –dijo indiferente Stuart.
–¡Serás cabrón!
Olas juiciosas se aproximaban al puerto de los pecadores, seguidas por un fuerte viento que golpeaba los estandartes de la civilización. Resquebrajando los anquilosados cimientos de la Historia. Se acercaba el final. Las moscas comenzaban a revolotear alertadas por el hedor de la putrefacción.
–¡Caballeros, venid! –alertó el señor Weissman.
Los presentes que se encontraban despiertos se acercaron. Aldo, Stuart y el Señor Bernstein,el cual acababa de disfrutar de los encantos de Gilda, su más preciada sirvienta.
–¿Veis? –dijo Weissman señalando el cielo. Una especie de gasa violeta sepultaba el condenado techo del mundo, como si se tratase de la capa de pintura de un cuadro expresionista.
–¿Qué demonios es eso? –preguntó Aldo.
–Es la señal definitiva –contestó Bernstein dueño de la situación.
La señora Bernstein se encontraba en un hermoso diván, principios del siglo pasado, acurrucada junto a la pequeña niña, que gimoteaba cansada, acariciando su rizado pelo rojizo.Mary había pasado toda la noche con la pequeña, agasajándola con vestidos, chucherías y juguetes. Quería hacer de estos últimos días de la pequeña los mejores de su corta vida. Mary sabía que su marido quería a la niña para algo en concreto, pero esperaba poder persuadirlo para dejarla pasar con ella las últimas horas.
–Preciosa –le decía a la niña–, eres bella como una muñeca –besaba su frente–, eres mi niñita, ¿verdad Margaret?
–Mamá… –gimoteó la niña–… mamá… –abrió los ojos.
–Aquí estoy, cariño –dijo Mary, que la apretaba con fuerza.
–Tú no eres mi mamá…
–Sí, soy tu mamá.
–No, mi mamá no es vieja. 
La niña intentó bajarse del diván, pero Mary la tenía agarrada. Se agitaba con fuerza intentando zafarse de los gruesos brazos de la señora Bernstein. Hasta que mordió su mano, la señora Bernstein soltó un gritito de dolor, pero ni aún así dejo escapar a la pequeña. El señor Bernstein apareció, estaba desnudo y arrastraba sin ningún pudor su pellejo por el aire.
–Cariño –dirigiéndose a su mujer–,dame a la niña –ordenó extendiendo sus manos.
–¡No! –exclamó la mujer–. ¡No te la vas a llevar!
–Vamos cariño, la necesito.
–¡No! ¡Déjala! –golpeando las manos de su esposo como si se tratara de una niña no queriendo desprenderse de su juguete favorito.
–¡La necesitamos para el ritual! –gritó Bernstein.
–Pero Samuel –suplicaba la mujer.
Bernstein ni se inmutó, manteniendo los brazos firmes. La mujer se desembarazó de la pequeña. La cual tenía los ojos rojos debido a los llantos. Bernstein la cogió en brazos. Mary lloraba desconsolada.
–¿Vamos a ver a mi madre? –preguntó la pequeña.
–Sí –dijo Bernstein–, pero antes vamos a jugar.
La duquesa de Windsor y lady Austerchraft se ocuparon de la pequeña por orden del señor Bernstein, llevándosela para prepararla para el ritual que acontecería la misma noche. 
Karen se despertó. Su madre ya no estaba en la cama. Tenía hambre, por lo que se dirigió a la cocina. Allí estaban los sirvientes. Ahogando sus penas entre ellos. La jovencita que había sido sodomizada por la escobilla del váter yacía tendida en el suelo, consumiéndose en la sangre que brotaba por sus muñecas. Gilda miraba la hora que marcaban las agujas del reloj, perdiéndose con ellas en el ostracismo. Osvaldo, que así es como se llamaba el barman, gozaba de la parte trasera de Gilda, esta vez sí conseguiría disfrutar hasta el final. Karen no se inmutó al ver la escena y pidió que le prepararan algo para comer. Pero Osvaldo seguía a lo suyo, penetrando a la exuberante Gilda. La princesa Weissman no destacaba por su paciencia. Cogió un cuchillo del poyete y degolló al sirviente. La sangre brotaba a presión como una manguera poco usada. El líquido se vertió por las nalgas de Gilda, despertando a ésta de su ostracismo.
–¡He dicho que quiero algo de comer! –exclamó furiosa Karen.
Gilda sorteó el cuerpo de Osvaldo, que se encontraba arrodillado en el suelo de mármol, intentando tapar la raja por la que fluía su sustancia vital entre mudos gorgoteos. Llegó a la despensa y se dispuso a prepararle algo a la joven Weissman.
Karen, ya llena, se acercó al salón. Allí se encontrabanStuart y Owen que hacían manitas. Mary Bernstein sollozando en una esquina debido a la pérdida de su querida Margaret,y Aldo y sus padres que charlaban algo airosos. No había rastro de los demás.
–Cariño, ya te has despertado –le dijo su madre, sentada en uno de los gigantescos sofás que había en el salón–. ¿Quieres que te preparen algo para desayunar?
–Ya me he encargado–se sentó junto a su madre, que la abrazó en un gesto fraternal.
–Pequeña, ¿te apetece alguna otra cosa? –preguntó Aldo. A la pequeña Karen le invadieron unas latentes arcadas.
–No, ahora no –sentenció.
–Está bien –dijo Aldo, marchándose al interior de la casa buscando a alguna de las otras.
–¿Te lo estas pasando bien, Karen?
–Sí, padre. Está siendo muy divertido. Lástima que tenga que acabar tan pronto.
–Pues disfruta lo que puedas pequeña –espetó Owen.
El inglés se acercó a la joven y le tendió la mano. Ésta se quedó pensativa y miró a sus padres. Éstos le apremiaron a darse prisa. Karen cogió la mano de Owen y se levantó. El inglés le metió la mano entre las piernas y comenzó a mover los dedos con delicadeza.

Rowina peinaba con suma suaviza el rebelde pelo de la niña. La pequeña tenía cogido entre sus manos un enorme peluche con forma de rata, que llevaba una máscara de payaso y al que se le dibujaba en su rostro una tristona sonrisa.
–¿Cómo te llamas, nena? –le preguntó Rowina.
–Me llamó Lilith –dijo la pequeña zarandeándose de un lado a otro.
–¡Lilith! Que nombre tan bonito.
–Me lo puso mi mamá.
–Me lo imagino.
–¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
–Rowina –contestó la duquesa.
–Ro-w-i-na –dijo la niña.
–Así es, Rowina.
–Ro-wina, eres muy bonita
–Gracias, tú también, y ya verás cuando te pongamos el vestido, parecerás una princesa.
–¿Qué le pasa a esa señora? –preguntó Lilith, señalando a lady Austerchraft, que se encontraba acostada en la cama.
–Está descansando, se ha pasado toda la noche despierta. Ya está –dijo dejándole el pelo–, ahora vamos a verte en el espejo –se acercaron al espejo.
La niña se observó en el espejo riendo de alegría, una risa que contrastaba con la de su muñeco.

La mañana pasó y llegó la tarde. Una tarde que se consumió como una vela, entre despedidas con forma de deseo. Llegó la noche y con ella el gran momento.
–Ha llegado la hora del acto final –dijo Samuel Bernstein, que vestía una túnica con capa y un estrafalario sombrero puntiagudo. La túnica era negra, cruzada de arriba abajo por una gruesa franja blanca a la que escoltaban dos pequeñas tiras de color carmesí. Los demás lo miraron excitados. Inquietos. Efervescentes como las burbujas del más destacado de los champanes–. Por ello debéis vestiros para la ocasión. Os he dejado unas túnicas en las habitaciones –señaló el pasillo que se habría en el horizonte–. Id a ponéroslas.

Todos se dirigieron a sus respectivas habitaciones a cambiarse. La señora Bernstein aún seguía sollozando. Samuel Bernstein se acercó y la agarró, levantándole del rincón.
–Tú también, querida –le dijo.
–No, yo me quedaré aquí a esperar el final de todo –contestó.
Su marido le soltó una bofetada.
–Vas a hacer lo que yo te diga –Mary lo miraba aterrada–. ¡Ahora ve y vístete! –ordenó–, te estaré esperando.
Mary salió con paso renqueante y acariciándose el lado de la cara en donde su marido la había abofeteado se perdió por el oscuro pasillo.

Ya estaban todos vestidos para la ocasión. Las túnicas eran de color beige, ribeteadas en los extremos por tiras doradas.
–¿Dónde está la pequeña? –preguntó Bernstein.
La niña salió llevada de la mano por lady Windsor. Parecía una pequeña diosa griega. Ataviada con un vestido de tirantes de color blanco y cortado por las rodillas. En la cabeza portaba una diadema escogida por Lady Windsor de la colección particular de la señora Bernstein.
                –Está preciosa –dijo Bernstein eclipsado por la belleza infantil de la niña–, será la ofrenda perfecta –la aferró en sus brazos y se dirigió hacia el pasillo–. ¡Vamos! –ordenóBernstein que ahora portaba un bastón–, es hora de rendir pleitesía a nuestro Dios.
Todos le siguieron. Juntos se embarcaron en el último barco que les arrastraría hasta la dimensión definitiva.

Unas empinadas escaleras que daban a la cima del mundo. Unas sombras envueltas en tela portando el pecado. Un zumbido. La noche esperaba vacilante. Los rayos iluminaban la aterradora nocturnidad. Acechante en el cielo estaba la bola de fuego que arrastraría la Tierra al olvido. Vientos huracanados, temblores que presagiaban el fin. Era la última noche, las últimas horas del planeta. El grupo llegó a la cima del edificio. Se postraron ante la sobrecogedora figura de un becerro. El animal esperaba sentado en su trono, esculpido en bronce. Los brazos se desplegaban hacia delante, juntándose en las manos, con las palmas mirando hacia arriba, conformando una especie de altar. Su boca abierta esperaba con ansia la ofrenda. Era Moloch, Dios de la purificación y de la oscuridad.

Y la noche transcurrió con bailes y cánticos que aludían al fin del mundo, con orgías de carne y sangre en respeto a Baal. Eran los inicios de un rito que acabarían con la ofrenda final. Y llegó ese momento ansiado por todos, el estado perfecto para realizar la ofrenda final. La niña, que había estado observando los actos de los adultos en un segundo plano, se convirtió en la protagonista. Bernstein la agarró por debajo de los brazos y la alzó.
–¡Aquí tienes nuestra ofrenda Moloch! ¡Dios de los hombres! Sombra del tiempo. Tus entrañas arden en llamas esperando ser extinguidas. ¡Ésta es nuestro regalo! –depositó a la pequeña sobre los brazos del becerro. La niña comenzó a llorar, su piel se abrasaba con el solo roce de los dedos de bronce. Pero los llantos no acallaron las súplicas del hombre–. ¡Purifica nuestras desoladas almas! ¡Llévanos contigo a tu oscuro seno! ¡Oh Moloch sé justo y no nos abandones, señor de lo oscuro! ¡Te imploramos! –todos repitieron las últimas palabras al unísono. Entonces, el brujo Bernstein apoyó su bastón en el suelo, detonando un mecanismo. Las llamas salieron de las entrañas de la criatura, devorando a la niñacon sus fauces ardientes entre gritos de dolor. Era el destino cruel. El agasajo de unos hombres y mujeres temerosos de su final, aterrados por la muerte. Elotoñoy el invierno adelantaron su llegada.

La luz se alzaba en el cielo. Soplaban vientos de hedor infernal. Un amanecer que significaba el final. Y las moscas revolotearon. Y pudo escucharse un sonido atronador, como un rugido resquebrajando el cielo, y se vio un destello, y sonaron las trompetas. 

 

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